Como ya lo hemos visto, la tendencia estadística de la naturaleza hacia el desorden, hacia el aumento de la entropía, se expresa mediante la segunda ley de la termodinámica. Nosotros, los seres humanos, no somos sistemas aislados. Ingerimos alimento tomado del exterior que produce energía; como resultado, somos parte de ese mundo más amplio que contiene las fuentes de nuestra vitalidad. Pero lo más importante es que aceptamos informaciones mediante nuestros sentidos y que actuamos de acuerdo con ellas.
El físico conoce ya suficientemente la importancia de esa afirmación en cuanto concierne a nuestras relaciones con el ambiente. Un excelente ejemplo del papel de la información, en lo que a esto respecta, lo proporcionó Clerk Maxwell con su «demonio», que podemos describir de la manera siguiente.
Supongamos que tenemos un recipiente lleno de un gas cuya temperatura es uniforme. Algunas moléculas se moverán con mayor velocidad que otras. Supongamos además que existe una puerta, por donde pasa el gas a una tubería que conduce a una máquina térmica; después de atravesar ésta, el gas vuelve al recipiente a través de otra puerta. En cada una de ellas, se encuentra un diminuto ser capaz de vigilar las moléculas que llegan y de abrir o cerrar el paso, según la velocidad que poseen.
El demonio de la primera la abre sólo a las moléculas de alta velocidad y la cierra a las que la tienen baja. El de la segunda hace exactamente lo contrario: la abre para las de baja y la cierra para las de alta velocidad. Así resulta que la temperatura aumenta en un extremo y desciende en el otro creando un movimiento continuo de «segunda clase», es decir, un movimiento continuo que no viola la primera ley de la termodinámica (según la cual, la cantidad de energía de un sistema dado es constante), pero que infringe la segunda (según la cual, la temperatura tiende espontáneamente a disminuir). En otras palabras, el demonio de Maxwell parece superar la tendencia de la entropía a aumentar.
Tal vez es posible aclarar aún más esta idea considerando una multitud que pase a través de dos torniquetes: uno de los cuales deja pasar la gente sólo si se mueve a una cierta velocidad y el otro sólo si avanzan lentamente. El movimiento arbitrario de la muchedumbre conducirá a que exista una corriente de gentes veloces que pasan por el primer torniquete, mientras que el segundo estará abierto sólo para los que avanzan lentamente. Si los dos estuviesen unidos por un pasaje provisto de una puerta giratoria, las personas que se mueven velozmente producirán una tendencia mayor a que ella gire en dirección contraria a la de las lentas, con lo que tendríamos una fuente de energía basada en los movimientos fortuitos de la multitud.
Aquí aparece una diferencia muy interesante entre la física de nuestros abuelos y la actual. En la del siglo XIX parecía que no costaba nada conseguir información. De ahí resulta que no hay nada en la física de Maxwell que impida a su demonio obtener su propia energía. Por el contrario, la moderna reconoce que el demonio sólo puede informarse acerca de si debe abrir o cerrar la puerta mediante un órgano sensorial que, para este propósito, es un ojo. La luz que incide en el ojo del demonio no es un suplemento carente de energía del movimiento mecánico, sino que comparte las principales propiedades de este último. La luz no puede ser recibida por ningún instrumento a menos que incida en él y tampoco puede indicar la posición de una partícula cualquiera si no cae sobre ella. Esto significa que ni siquiera desde el punto de vista puramente mecánico podemos considerar el recipiente como exclusivamente compuesto de gas, sino como gas y luz que pueden estar o no en equilibrio. Si ocurre lo primero puede demostrarse, de acuerdo a las teorías físicas actuales, que el demonio de Maxwell será tan ciego como si se encontrase en la obscuridad más absoluta. Tendríamos rayos de luz en todas direcciones, lo que no nos proporcionaría ninguna indicación acerca de la posición y la velocidad de cada partícula. En consecuencia, el demonio de Maxwell sólo podrá actuar en un sistema que no esté en equilibrio. Sin embargo, en ese caso la colisión constante entre la luz y las partículas de gas tiende a colocar ambas en un estado de equilibrio. Así, pues, aunque el demonio puede invertir temporalmente la dirección de la entropía, a la larga también quedará agotado.
El demonio de Maxwell puede actuar indefinidamente sólo si llega luz adicional al sistema desde una fuente fuera de él y que no corresponda, desde el punto de vista térmico, a la temperatura mecánica de las partículas del gas. Es esa una situación que debería sernos perfectamente familiar, pues vemos el universo que nos rodea mediante la luz del sol, que está muy lejos de encontrarse en equilibrio con los sistemas mecánicos de la tierra. Hablando con propiedad, comparamos partículas que se encuentran a una temperatura de 20° centígrados con una luz que proviene del sol a muchos miles de grados.
En un sistema que no se encuentra en equilibrio o en una parte del mismo, la entropía no aumenta necesariamente. En efecto, puede disminuir localmente. Tal vez esta carencia de equilibrio en el mundo que nos rodea es simplemente una etapa en la cuesta abajo que conducirá finalmente al equilibrio. Más pronto o más tarde, moriremos y es altamente probable que todo el universo fenecerá de frío, en cuyo caso, quedará reducido a la uniformidad térmica en la cual nada nuevo ocurrirá. Sólo existirá una gris monotonía, de la que sólo podremos esperar fluctuaciones locales insignificantes.
Pero todavía no somos los espectadores de las últimas escenas de la muerte del cosmos. Efectivamente, nadie asistirá a esas etapas finales. En consecuencia, en el mundo que nos preocupa más directamente hay estados que aunque ocupan sólo una insignificante fracción de la eternidad, poseen un gran significado para nosotros, pues en ellos la entropía no aumenta y se elabora una organización, así como su correlativo, las informaciones.
Lo que he dicho de esos islotes de mayor organización no se limita exclusivamente a la que tienen los seres vivos. Las máquinas contribuyen también a la elaboración local y temporal de las informaciones, a pesar de ser su organización grosera e imperfecta comparada con la nuestra.
Es necesario intercalar aquí una observación semántica; voces tales como vida, propósito y alma son groseramente inadecuadas para el exacto pensar científico. Esas palabras han adquirido su significado al reconocer nosotros la unidad de un cierto grupo de fenómenos, aunque, efectivamente, no nos proporcionen una base adecuada para caracterizar la tal unidad. En cuanto aparece un fenómeno nuevo que, en cierta medida, participa de la naturaleza de los que hemos dado en llamar vivientes, pero que no posee todos los otros aspectos asociados que incluye la voz «vida», nos encontramos con el problema de ampliar el sentido de la palabra para incluir dicho fenómeno o de restringirla para excluirlo. En el pasado, se planteó ese problema al considerar los virus que demuestran poseer algunas de las tendencias de la vida (persistir, multiplicarse, organizarse), pero que no la manifiestan en forma completa. Al observar ahora ciertas analogías entre las máquinas y los organismos vivientes, nos hallamos frente al problema de saber si las máquinas poseen vida; para nuestros propósitos la pregunta es semántica y somos libres de responder de una manera o de otra, como nos convenga.
Si deseamos utilizar la palabra «vida» de tal modo que comprenda todos los fenómenos que localmente nadan contra la corriente de la entropía creciente, somos libres de hacerlo. Sin embargo, incluiríamos entonces muchos fenómenos astronómicos que sólo tienen una remotísima semejanza con ella, tal como la entendemos corrientemente. En mi opinión, lo mejor es evitar epítetos que son una petición de principios, tales como «vida», «alma», «vitalismo» y otros parecidos; en lo que respecta a las máquinas, diremos simplemente que no hay ninguna razón para que no se asemejen a los seres humanos, pues unas y otros representan bolsones de entropía decreciente, dentro de una estructura en la cual la más amplia entropía tiende a aumentar.
Cuando comparo un organismo viviente con una máquina de esa clase, de ningún modo quiero decir que los fenómenos específicos físicos, químicos o espirituales de la vida, tal como la entendemos corrientemente, son los mismos que los de la máquina que la imita. Quiero decir simplemente que ambos (el ser viviente y la máquina) son ejemplos de fenómenos locales antientrópicos, que pueden aparecer de muchos otros modos que naturalmente no llamaríamos biológicos ni mecánicos.
Aunque es imposible hacer una afirmación universal acerca de los autómatas que imitan lo vital en un campo que se extiende tan rápidamente como el de la automatización, quisiera insistir en algunos rasgos generales de estas máquinas tales como existen actualmente. Uno de ellos es que deben efectuar una tarea o tareas definidas y, en consecuencia, deben poseer órganos de acción (análogos a las manos y piernas de los seres humanos) para llevarlas a cabo. El segundo es que deben estar en relación con el mundo exterior mediante órganos sensoriales, tales como células fotoeléctricas o termómetros, que no sólo les advierten acerca de las circunstancias que las rodean, sino que además las hacen capaces de recordar la ejecución (o la no ejecución) de la labor encomendada. Como ya lo hemos visto, esta última función se llama retroalimentación, o sea la propiedad de ajustar la conducta futura a hechos pasados. Puede ser tan simple como la de un reflejo común o de orden superior de tal modo que la experiencia anterior se utiliza, no sólo para regular movimientos específicos, sino para determinar un completo plan de conducta. Un sistema de esa clase puede tener el aspecto de ser lo que, desde un punto de vista, llamamos reflejo condicionado y desde otro, aprendizaje.
Para todas esas formas de conducta y particularmente para las más complicadas, deben tener las máquinas órganos centrales de decisión que determinen lo que han de hacer en un momento dado según la información que la retroalimentación les ha proporcionado y que ellas acumulan mediante mecanismos análogos a la memoria de un organismo viviente.
Es fácil construir una máquina simple que se acerque a la luz o se aleje de ella; si poseen luces propias, un cierto número de estas máquinas reunidas mostrarán complicadas formas de comportamiento social, como las que ha descrito el doctor Grey Walter en su libro El cerebro viviente. Por el momento, las más complicadas máquinas de ese tipo son sólo juguetes científicos que permiten explorar las posibilidades de la máquina y su análogo: el sistema nervioso. Pero hay razones para creer que la tecnología, en rápido avance, utilizará en un futuro próximo algunas de sus posibilidades.
Así, entre el sistema nervioso y la máquina automática existe una analogía fundamental, pues son dispositivos que toman decisiones basándose en otras que hicieron en el pasado. Los más simples eligen entre dos posibilidades tales como abrir o cerrar una llave. En el sistema nervioso, cada fibra decide trasmitir un impulso o no. Tanto en la máquina como en el nervio, existe un aparato específico para tomar decisiones en el futuro de acuerdo con las pasadas; en el sistema nervioso gran parte de esa tarea se efectúa en puntos de organización extremadamente complicada llamados sinapses, donde un cierto número de fibras entrantes están conectadas con una sola saliente. En muchos casos, puede entenderse la base de esas decisiones como un umbral de acción del sinapse o, en otras palabras, indicando cuántas fibras de entrada han de funcionar para que funcione a su vez la de salida.
Esto es la base, por lo menos, de una parte de la analogía entre máquinas y organismos. El sinapse de estos últimos corresponde a las llaves de conmutación de la máquina. Para considerar más detalladamente la relación entre las máquinas y los organismos vivientes, consúltense los libros, altamente sugestivos, de los doctores Walter y Ross Ashby.
Como ya he dicho, la máquina y el organismo viviente son dispositivos que local y temporalmente parecen resistir a la tendencia general de aumento de la entropía. Mediante su capacidad de tomar decisiones, pueden producir a su alrededor una zona local de organización en un mundo cuya tendencia general es la contraria.
El hombre de ciencia trabaja continuamente para descubrir el orden y la organización en el universo, por lo que juega una partida contra su archienemigo: la desorganización. ¿Es un diablo maniqueo o agustiniano? ¿Es una fuerza opuesta al orden o es la completa carencia de él? La diferencia entre estas dos clases de demonios aparecerá en las tácticas utilizadas contra ellos. El diablo maniqueo es un opositor como cualquier otro que está decidido a ganar y que utilizará cualquier engaño o simulación para triunfar. En particular, mantendrá en secreto su método de confusión; si pareciera que estamos a punto de descubrir su juego, lo cambiará para seguir manteniéndonos en la obscuridad. En cambio, el diablo agustiniano, que no es una potencia en sí mismo, sino la medida de nuestra propia debilidad, requerirá el uso de todas nuestras fuerzas para descubrirlo, pero cuando lo hayamos conseguido, ello equivaldrá a exorcizarlo y no cambiará sus métodos en materia ya decidida con la simple intención de engañarnos más. El diablo maniqueo juega una partida de póquer contra nosotros y recurrirá con gusto al bluff, que, como explica Von Neumann en su Teoría de los juegos, no sólo trata de hacernos ganar con el engaño, sino además impedir un triunfo de la otra parte, basándose en el supuesto de que no hemos de mentir.
Comparado con este ser maniqueo de malicia refinada, el diablo agustiniano es tonto. Juega una partida difícil, pero nuestra inteligencia triunfará sobre él de modo tan completo como con una aspersión de agua bendita.
En lo que respecta a la naturaleza del diablo, existe un aforismo de Einstein que es algo más que eso; representa en verdad una afirmación acerca de los fundamentos de la ciencia. «El Señor es sutil, pero no es malvado.» La voz señor indica aquí aquellas fuerzas de la naturaleza que incluyen las atribuidas a su humilde servidor, el diablo; Einstein quiere decir que esas fuerzas no mienten. Tal vez, en cuanto al sentido, este diablo no está muy lejos de Mefistofeles que, cuando Fausto le pregunta, responde: «Soy parte de esa fuerza que siempre busca el mal y hace el bien.» En otras palabras, la habilidad del diablo para engañarnos no es ilimitada; pierde su tiempo el hombre de ciencia que busca en el universo una fuerza positiva decidida a engañarnos. La naturaleza se resiste a ser descifrada, pero no demuestra su ingeniosidad en descubrir nuevos e inescrutables métodos para perturbar nuestras relaciones con el mundo exterior.
La distinción entre la resistencia pasiva de la naturaleza y la activa de un opositor sugiere una diferencia entre el investigador científico y el guerrero o el jugador. El primero dispone de muchísimo tiempo para llevar a cabo sus experimentos, sin temer que la naturaleza descubra algún día sus trucos, sus métodos, y cambie de táctica. En consecuencia, su obra está dominada por sus mejores momentos, mientras que un jugador de ajedrez no puede cometer un error sin encontrar un adversario despierto, pronto para aprovecharse de la situación y derrotarlo. Así, el jugador de ajedrez está gobernado por sus peores momentos y no por los mejores. Es posible que haya algo de parti pris acerca de esta afirmación, pues encuentro que me ha sido posible hacer algo efectivo en la ciencia, mientras que mis partidas de ajedrez han padecido siempre de mi carencia de cuidado en los momentos críticos.
Por ello, el hombre de ciencia está dispuesto a considerar a su oponente como un enemigo honrado. Esa actitud es necesaria para que sea efectiva su obra como investigador, pero tiende a convertirlo en una víctima de la gente sin principios en la guerra y en la política. Conduce además a que sea difícil que le entienda el público en general, pues éste está más interesado en los antagonismos personales que en la naturaleza como antagonista.
Estamos sometidos a una vida tal que el mundo en su totalidad obedece a la segunda ley de la termodinámica: la confusión aumenta y el orden disminuye. Pero, como ya hemos visto, aunque la segunda ley de la termodinámica puede ser un enunciado válido respecto a la totalidad de un sistema cerrado, es decididamente errónea en cuanto a una parte no aislada de él. Hay islas, locales y temporales, de entropía decreciente, en un medio en el cual la entropía tiende a aumentar; la existencia de esas islas induce a algunos de nosotros a asegurar la existencia del progreso. ¿Qué podemos decir acerca de la batalla entre él y la entropía creciente en el mundo que nos rodea?
Como todos sabemos, la Ilustración fomentó la idea de progreso, aunque algunos hombres del siglo XVIlI creyeron que sería cada vez más difícil pasar a una etapa superior y que la Edad de Oro de la sociedad no sería muy distinta de aquella en la que ellos mismos vivían. La Revolución Francesa condujo a que aparecieran fallas en el edificio de la Ilustración, acompañadas de dudas en otras partes. Por ejemplo: Malthus creía que la cultura de su tiempo estaba a punto de hundirse en un aumento desordenado de la población que se tragaría todo lo que la humanidad había ganado hasta entonces.
Es clara la línea de Darwin a Malthus. La gran innovación que aportó el primero a la teoría de la evolución consistió en concebirla, no a la manera dé Lamarck, como un ascenso espontáneo hacia formas más altas y mejores, sino como un fenómeno en el cual los seres vivos mostraban: a) una tendencia espontánea a desarrollarse en variadas direcciones y b) otra a seguir el camino de sus antecesores. La combinación de ambos efectos condujo a limitar una naturaleza exuberante y a eliminar los organismos poco aptos para su ambiente, mediante un proceso de selección natural. Esa limitación dejaba un residuo de formas de vida más o menos bien adaptadas a su medio. Según Darwin ese residuo parece demostrar la existencia de una teleología universal.
El concepto de residuo ha vuelto a aparecer en primer plano en las investigaciones del doctor Ross Ashby. Hace notar que una máquina de estructura algo arbitraria y fortuita tendrá ciertas posiciones próximas al equilibrio y otras lejos de él, y que las primeras, por su propia naturaleza, durarán más tiempo, mientras que las segundas se mostrarán fugazmente. Así resulta que en la máquina de Ashby, como en la naturaleza de Darwin, aparece un propósito en un sistema que no fue construido para que lo tuviera, simplemente por ser transitoria la carencia de finalidad de acuerdo a su misma naturaleza. A la larga, el gran propósito trivial de la entropía máxima parecerá ser el más duradero de todos. Pero en las etapas intermedias un organismo o una sociedad de ellos tenderá a permanecer más tiempo en aquellos modos de actividad en los que las diferentes partes funcionan conjuntamente, según una estructura que tendrá más o menos sentido.
Creo que la brillante idea de Ashby del mecanismo arbitrario sin propósito que busca uno propio mediante un proceso de aprendizaje es no sólo una de las más valiosas contribuciones de nuestra época a la filosofía, sino además algo que conducirá a progresos sumamente útiles en la automatización. No sólo podemos introducir un propósito en las máquinas, sino que, en la inmensa mayoría de los casos, la máquina diseñada para evitar determinadas fallas de funcionamiento buscará por sí misma un propósito que puede llevar a cabo.
La influencia de Darwin sobre la idea del progreso no quedó confinada a lo biológico, ni siquiera durante el siglo XIX. Todos los filósofos y sociólogos elaboran sus ideas científicas con los materiales que proporciona su época. No es sorprendente por ello que Marx y los socialistas contemporáneos suyos tomaran un punto de vista darwiniano en lo que respecta a la evolución y al progreso.
En la física, esta idea se opone a la de la entropía, aunque no existe una contradicción absoluta entre ambas. En lo que respecta a la física en función de la obra de Newton, la información que contribuye al progreso y obra contra el aumento de entropía puede ser aportada por cantidades ínfimas de energía o hasta tal vez sin energía alguna. En nuestro siglo, esa idea ha debido de cambiar por el influjo de lo que se conoce con el nombre de teoría de los quanta.
En lo que importa a nuestros propósitos, ese concepto ha conducido a una nueva asociación entre energía e información. Una forma elemental de esta conjunción ocurre en la teoría del ruido de fondo en una línea telefónica o un amplificador. Puede demostrarse que es inevitable, pues depende del carácter discreto de los electrones que conducen la corriente; sin embargo, es capaz de destruir la información. En consecuencia, el circuito necesita una cierta potencia de comunicación para que su propia energía no se trague el mensaje. De carácter más fundamental que ese ejemplo es la estructura discreta de la luz misma y el que la luz de una cierta frecuencia se irradie en trozos que se llaman quanta de luz, que poseen una determinada energía dependiente de esa frecuencia. Por ello, no puede haber ninguna radiación con menos energía que la de un quanta. El paso de información no puede ocurrir sin gastar una cierta cantidad de energía, por lo que no existe una distinción neta entre un acoplamiento energético y otro informativo. Sin embargo, para los propósitos prácticos, un quanta es muy poca cosa y la cantidad de energía necesaria para un acoplamiento informativo lo es también. De ahí se sigue que, al considerar un fenómeno local como el desarrollo de un árbol o de un hombre, que depende directa o indirectamente de la radiación solar, un decrecimiento local enorme de la entropía puede corresponder a una transferencia de energía bastante moderada. Este es uno de los hechos fundamentales de la biología, en particular, de la teoría de la fotosíntesis o sea del proceso químico por el cual la planta utiliza los rayos solares para formar carbohidratos y otros complicados productos químicos necesarios para la vida, aprovechando el agua y el anhídrido carbónico del aire.
Así, pues, la cuestión de interpretar la segunda ley de la termodinámica en forma pesimista o no depende de la importancia que concedamos, por una parte, al universo en general y, por otra, a las islas de decrecimiento entrópico que encontramos en él. Recordemos que cada uno de nosotros es una de esas islas y que vivimos entre ellas. De ahí resulta que la diferente perspectiva normal conduce a conceder mayor importancia a las regiones de entropía decreciente que al universo en general. Por ejemplo: puede muy bien ocurrir que la vida sea un fenómeno raro en el universo, limitado tal vez a nuestro sistema solar o sólo a la tierra, si consideramos únicamente la vida cuyo nivel sea comparable al nuestro. Sin embargo, vivimos en este planeta y la carencia de vida en otra parte del universo no nos preocupa gran cosa; ciertamente, nuestra desazón por ese problema no es proporcional a las colosales dimensiones del resto del universo.
Por otra parte es posible imaginarse que la vida sólo se extiende por un lapso muy corto; no existía antes de las más primitivas etapas geológicas y puede ocurrir que alguna vez la tierra esté nuevamente despoblada, por decirlo así, convertida en cenizas o en un planeta helado. Al darnos cuenta del limitado margen de condiciones físicas en las cuales pueden ocurrir las reacciones necesarias para la vida tal como la conocemos, comprendemos que ese feliz accidente que permite la continuación de la vida, aun sin restringirla hasta comprender casi exclusivamente los seres humanos, debe tener un fin completo y desastroso. Sin embargo, quizás tengamos éxito y podamos organizar nuestros sistemas de valores de tal modo que este precario accidente, la vida, y el otro aun más transitorio, la vida del hombre, puedan considerarse como valores positivos de importancia suma, a pesar de su carácter fugaz.
En un sentido muy real, somos pasajeros náufragos a la deriva en un planeta condenado. Pero aun en una catástrofe marítima, el honor y los valores humanos no desaparecen; debemos aprovecharlos hasta el máximo. Pereceremos, pero hagámoslo de un modo que podamos considerar digno de nosotros.
Hasta ahora hemos hablado de un pesimismo que se parece más al intelectual del hombre de ciencia que al emocional propio del profano. Ya hemos visto que la entropía y las consideraciones acerca de la muerte térmica definitiva del universo no necesitan tener consecuencias morales tan profundamente deprimentes como las que parecen a primera vista. Pero hasta esa limitada consideración del futuro es ajena a la euforia emocional del hombre medio y en particular del ciudadano corriente de los Estados Unidos. Lo mejor que podemos esperar para el papel del progreso en un universo que en su totalidad va hacia abajo es que la visión de nuestras tentativas para progresar frente a la opresora necesidad tenga el terror depurativo de la tragedia griega. Sin embargo, no vivimos en una edad excesivamente sensible a lo trágico.
La educación del ciudadano corriente norteamericano en la parte superior de la clase media está calculada para protegerle solícitamente contra la conciencia de la muerte y la condenación. Se le educa en una atmósfera de Santa Claus; cuando se entera de que es un mito, llora amargamente. Nunca acepta enteramente la ausencia de esa divinidad en su panteón y emplea gran parte de su vida en buscar algún sustitutivo emocional.
La muerte del individuo, la inminencia de las calamidades, son hechos que le enseña la experiencia de sus años posteriores. Sin embargo, intenta dar a esas desdichadas realidades el carácter de accidentes y construir en la tierra un cielo en el que no hay lugar para lo desagradable. El paraíso consiste para él en el progreso eterno y en un ascenso continuo hacia cosas mejores y mayores.
Desde dos diversos puntos de vista puede discutirse nuestra adoración del progreso: un método de facto y otro ético, es decir, el que proporciona normas para aprobar o desaprobar. De facto, resulta que los primitivos progresos de la geografía, cuya iniciación corresponde a la aurora de los tiempos modernos, han de continuar en un período indefinido de invenciones, de descubrimientos de nuevas técnicas, de regulación del ambiente en el que vive el hombre. Los que creen en el progreso aseguran que esto continuará, sin que aparezca ningún término visible en un futuro que no sea demasiado remoto para la contemplación humana. Los que consideran el progreso como un principio ético estiman que esos cambios ilimitados y casi espontáneos son lo Bueno y la base sobre la que se puede asegurar a las futuras generaciones el paraíso en la tierra. Es posible creer en el progreso como un hecho sin tenerlo por un principio ético, pero en el catecismo de muchos ciudadanos de los Estados Unidos lo uno va junto con lo otro.
La mayoría de nosotros estamos demasiado próximos a la idea del progreso para darnos cuenta de dos hechos. Por un lado, esa idea aparece sólo en un período muy corto de la historia; por otra parte, representa una ruptura total con nuestras tradiciones y las creencias religiosas que profesamos. Para los católicos, los protestantes o los judíos el mundo no es un lugar bueno en el que puede esperarse una felicidad duradera. La Iglesia retribuye la virtud, no con alguna moneda aceptada por los reyes de la tierra, sino con una letra sobre el cielo.
En lo esencial, el calvinista acepta eso también, agregando un tono sombrío, pues, según su doctrina, son pocos los elegidos del Señor que pasarán la terrible prueba del día del juicio y además estos pocos serán determinados por las discrecionales decisiones del Supremo Juez. No sirven de lo más mínimo ni la virtud ni la rectitud para asegurar la salvación. Más de un varón justo será condenado. Los calvinistas no esperan en la tierra aquel estado de beatitud del cual no están seguros ni siquiera en el cielo.
Los profetas hebreos están muy lejos de ser optimistas en lo que respecta al futuro de la humanidad o de su propio Israel el pueblo elegido; la historia de Job que podría llamar, un auto sacramental, no proporciona ninguna seguridad de que el desenlace relativamente feliz ocurrirá excepto por la arbitrariedad de Dios, aunque es una gran victoria del espíritu y el Señor se digna devolver al protagonista sus rebaños, sus siervos y sus esposas.
El comunista, como el creyente en el progreso, espera el paraíso en la tierra, en vez de una recompensa personal que se le concederá en una existencia post mortem. Pero supone que eso no se producirá sin lucha. Es tan escéptico respecto a los panes de azúcar del futuro como respecto a las rosquillas celestiales. Tampoco el Islam, voz árabe que significa resignación a la voluntad de Dios, deja muy abiertas las puertas a la idea del progreso. No necesito decir mucho acerca del budismo, con su esperanza del nirvana y de escapar a la rueda de las encarnaciones; se opone inexorablemente a la idea del progreso y lo mismo puede decirse de las religiones de la India emparentadas con él.
Además de esa cómoda creencia pasiva en el progreso que muchos ciudadanos de los Estados Unidos compartían a fines del siglo XIX, existe otra que parece tener un tono más masculino y vigoroso. Para el ciudadano medio de ese país, significaba la conquista del Oeste, la anarquía económica de la frontera y la prosa vigorosa de Owen Wister y Teodoro Roosevelt. Naturalmente, desde el punto de vista histórico, la frontera es un fenómeno perfectamente auténtico. Durante muchos años, el desarrollo de los Estados Unidos ocurrió en un escenario cuyo fondo eran las tierras vacías que se encontraban hacia el Oeste. Sin embargo, muchos de los que se pusieron poéticos respecto a esa frontera, admiraron el pasado. Ya en 1890 el censo reconoce que han terminado las verdaderas condiciones del caso. Se establecieron claramente los límites geográficos de los grandes recursos por consumir y por evaluar.
Es difícil para el hombre medio alcanzar una perspectiva histórica tal que el progreso aparezca en sus propias dimensiones. El mosquete que se utilizó durante la Guerra Civil era sólo un modesto avance sobre el que se usó en Waterloo y éste era casi equivalente al de los soldados de Marlborough en los Países Bajos. Sin embargo, las armas manuales de fuego existen desde el siglo XV o antes y los cañones son anteriores en un siglo. Es dudoso que el mosquete de ánima lisa excediera en alcance al mejor arco y es cierto que nunca lo igualó en exactitud ni en velocidad de tiro. Sin embargo, el arco es una invención de la edad de piedra que no ha experimentado ningún perfeccionamiento.
Aunque la construcción naval no ha quedado completamente estacionada, el barco de madera, antes que abandonara definitivamente los mares, era una estructura que, en lo esencial, había permanecido invariable desde principios del siglo XVII y que ya entonces tenía una genealogía de muchos siglos. Cualquier marinero de Colón hubiera sido un valioso colaborador en los barcos de Farragut. Aun uno de los que condujo a San Pablo a Malta se hubiera encontrado en su casa en una de las barcas de Joseph Conrad. Un ganadero romano de las fronteras de la Dacia podría ser un vaquero competente para llevar ganados de cuernos largos desde las llanuras de Texas hasta la estación de ferrocarril, aunque se asombraría mucho al ver lo que hay allí. El administrador de las tierras de un templo babilónico no habría necesitado ninguna instrucción especial para llevar la contabilidad o manejar los esclavos de una plantación del sur de los Estados Unidos. El período durante el cual la mayoría de los hombres ha estado sometida a repetidos y revolucionarios cambios no empezó hasta el Renacimiento y la era de los grandes viajes, y no adquirió la velocidad que ahora consideramos natural hasta bien avanzado el siglo XIX.
Es inútil buscar en la historia primitiva algo paralelo a inventos tales como la máquina y la navegación a vapor, la locomotora, los métodos modernos de obtención de metales, el telégrafo, el cable transoceánico, la introducción de la electricidad, la dinamita, los proyectiles de explosivos de alta potencia, el aeroplano, la válvula termoiónica y la bomba atómica. Los descubrimientos metalúrgicos que anuncian la edad de bronce no se acumulan de tal manera en lo temporal, ni son tan diversos, como para poder establecer una analogía. Está muy bien que el economista que se ocupa de los tiempos clásicos nos asegure suavemente que son simples cambios de grado, incapaces de invalidar un paralelismo histórico. La diferencia entre una dosis terapéutica de estricnina y otra mortal es también sólo de grado.
Tanto la historia como la sociología, en cuanto ciencias, se basan en la idea según la cual, los diversos casos especiales tratados tienen una semejanza suficiente para que los mecanismos sociales de un período sean aplicables en otro. Sin embargo, es cierto que toda la escala de los fenómenos ha cambiado tanto desde el principio de la era moderna que se excluye cualquier aplicación fácil a nuestra época de los criterios políticos, sociales y económicos derivados de otras. Es casi evidente en el mismo grado que el período moderno, iniciado por la época de los descubrimientos, es altamente heterogéneo.
En la época de los grandes viajes, Europa comprendió por primera vez que existían enormes superficies débilmente colonizadas, capaces de absorber una población mucho mayor que la del mismo antiguo continente, llenas de recursos inexplorados, que poseían, no sólo oro y plata, sino además otras muchas materias primas. Esas riquezas parecían inagotables; juzgando con los criterios de la sociedad europea del 1500, se creía muy remoto su agotamiento o que se llegase al punto de saturación de las nuevas tierras. Cuatro siglos y medio es mucho más de lo que la mayoría de las personas están dispuestas a considerar cuando encaran el futuro.
Sin embargo, la existencia de esas legiones indujo a adoptar una actitud no muy distinta de la del té de «Alicia en el país de las maravillas». Si en un asiento se terminaba la infusión y los pasteles, el sombrerero y la liebre ocupaban el más próximo. Cuando Alicia preguntó qué harían al volver al lugar primitivo, la liebre cambió de conversación. Esa política pareció muy sensata para los que creían que la historia no iba más allá de los últimos cinco mil años y esperaban el milenio y el día del juicio final en un plazo mucho más corto. Al pasar el tiempo, ha resultado que la mesa de té de las Américas no es inagotable; de hecho, la velocidad con que se ha abandonado un asiento para ocupar el próximo ha ido aumentando probablemente cada vez más de prisa.
Lo que la mayoría de nosotros no comprende es que los últimos cuatro siglos son un período sumamente peculiar de la historia del mundo. La velocidad de esos cambios, así como su misma naturaleza, carece de paralelo en la historia. En parte, ello proviene del incremento de las comunicaciones y además de un creciente dominio de la naturaleza que, en un planeta de recursos limitados como la tierra, puede convertirse a la larga en una esclavitud creciente del hombre frente a ella. Pues cuanto más sacamos menos queda y a la larga habremos de pagar nuestras deudas cuando ello sea sumamente inconveniente para nuestra supervivencia. Somos los esclavos de nuestro progreso técnico y es tan imposible volver a una granja de New Hampshire, viviendo en ella de acuerdo con los métodos autárquicos de 1800, como, por el pensamiento, aumentar nuestra estatura en un codo o conseguir que disminuya en la misma medida, lo que es un ejemplo más adecuado. Hemos modificado tan radicalmente nuestro ambiente que ahora debemos cambiar nosotros mismos para poder existir en ese nuevo medio. Es imposible vivir en el antiguo. El progreso proporciona nuevas posibilidades para el futuro, pero también impone nuevas restricciones. Parecería que el mismo progreso y nuestra lucha contra el aumento de la entropía deben conducir necesariamente al camino que lleva hacia abajo, del que tratamos de escapar. Pero este pesimismo resulta sólo de nuestra ceguera y de nuestra inactividad, pues creo que, en cuanto comprendamos las nuevas necesidades que el ambiente moderno nos obliga a tener en cuenta, así como los métodos actuales de que disponemos para satisfacerlas, pasará mucho tiempo antes de que perezcan nuestra civilización y nuestra especie, si bien ambas han de fenecer, así como cada uno de nosotros nace para morir. Sin embargo, la perspectiva de la muerte está lejos de ser un completo fracaso de la vida y eso es igualmente cierto para la civilización y para la especie humana, así como para cualquiera de los individuos que la componen. Tengamos el coraje de encarar el final definitivo de nuestra civilización, como tenemos el valor de considerar la certidumbre de nuestra propia muerte. La simple fe en el progreso no es convicción que corresponda a la fuerza, sino a la complacencia y, de ahí, a la debilidad.