Dediqué el último capítulo a considerar los problemas de la repercusión en las industrias y en la sociedad de ciertas máqui­nas de regulación que ya ahora demuestran cierta capacidad para reemplazar el trabajo humano. Sin embargo, una gran variedad de problemas que conciernen a los autómatas no tiene nada que ver con nuestro sistema industrial, sino que sirven para ilustrar y arrojar una viva luz sobre las posibilidades de los mecanismos de comunicaciones en general o para propósi­tos semi-médicos: prótesis y reemplazo de funciones que algu­nos desdichados individuos han perdido total o parcialmente. La primera máquina que discutiremos fue construida con pro­pósitos teóricos para aclarar experimentalmente una investiga­ción sobre el papel, efectuada por mí años antes en colabora­ción con mis colegas los doctores Arturo Rosenblueth y Julián Bigelow. Supusimos que el mecanismo del acto volitivo coin­cide por su naturaleza con la retroalimentación; de acuerdo con esto, buscamos en la actividad libre del hombre las caracterís­ticas de ruptura que aparecen en los mecanismos de retroali­mentación cuando se les sobrecarga.

El caso más simple de ruptura se manifiesta como una oscila­ción, durante un proceso en el que se trata de alcanzar un cierto fin; la oscilación que aparece únicamente cuando el pro­ceso es invocado de un modo activo. Eso corresponde bastante bien al fenómeno que en el hombre ha dado en llamarse tremor intencional; cuando el paciente trata de agarrar un vaso de agua, la mano tiembla cada vez más, sin poderlo levantar.

Existe otro tipo de temblor que, en algunos aspectos, es dia­metralmente opuesto al anterior. Se le llama parkinsonismo o enfermedad de Parkinson; todos hemos tenido ocasión de ob­servarlo en los ancianos, en los que aparece como un temble­queo. En esos casos, el paciente lo experimenta aun en reposo y, de hecho, si la enfermedad no está muy avanzada, sólo entonces. Cuando se intenta ejecutar una tarea definida, el temblor dis­minuye hasta tal punto que, en las primeras etapas de la enfer­medad, la víctima puede tener éxito hasta como cirujano ocular.

Nosotros tres asociamos el tremor parkinsoniano con un as­pecto de la retroalimentación algo distinto de la relacionada con la ejecución de un propósito. Para llevar a cabo exitosa­mente un fin propuesto, las diversas articulaciones que no están directamente asociadas con él deben mantenerse en un tono o estado de tensión débil, de tal modo que exista un apoyo efec­tivo para la contracción final muscular que sirve al propósito prefijado. Para hacer esto se necesita un mecanismo de retro- alimentación secundario cuyo asiento en el cerebro no parece ser el cerebelo, pues éste es la estación central del mecanismo cuya ruptura se traduce en el temblor intencional. Se llama retroalimentación de postura a esta segunda clase.

Puede demostrarse matemáticamente que, en ambos casos, la retroalimentación es demasiado intensa. Cuando se considera la que es importante en el parkinsonismo resulta que la volun­taria, reguladora del movimiento principal, tiene una dirección opuesta a la de postura en lo que respecta a los movimientos regulados por esta última. En consecuencia, la existencia de un propósito tiende a disminuir la amplificación excesiva de la retroalimentación de postura y puede muy bien rebajarla por debajo del nivel de oscilación. Conocíamos muy bien esas cosas teóricamente, pero hasta hace muy poco tiempo no nos había­mos tomado el trabajo de producir un modelo en funciona­miento. Sin embargo, era deseable construir un aparato de demostración que actuase de acuerdo a nuestras teorías.

El profesor J. B. Wiesner, del laboratorio de Electrónica del Instituto de Tecnología de Massachusetts, discutió conmi­go la posibilidad de construir una máquina de tropismos, o sea, una con un propósito simple, cuyas partes fueran ajustables en suficiente medida para mostrar los principales fenómenos de la retroalimentación voluntaria y la que hemos llamado de pos­tura, así como su ruptura. Por sugestión nuestra, el señor Henry Singleton se encargó de construirla,' labor que llevó a cabo de manera brillante y exitosa. Tiene dos modos de acción: en uno de ellos es positivamente fototrópica y busca la luz, mientras que en el segundo el tropismo es negativo, huyendo de ella. Dimos dos nombres distintos a la máquina, según ambos modos de funcionamiento: la polilla y la chinche. Consiste en un carro pequeño de tres ruedas con un motor para el movimiento unido al eje posterior. La rueda delantera está accionada por una pa­lanca que hace de timón. El vehículo lleva dos células foto­eléctricas sobre las que incide la luz frontal, en una la del cuadrante derecho, en otra la del izquierdo. Ambas forman los brazos opuestos de un puente cuya corriente es reversible y pasa por un amplificador y de ahí a un motor de posición, que regula la posición de un contacto con un potenciómetro. El otro contacto está regulado también por otro motor de posición, que acciona al mismo tiempo el bastón. La corriente de salida del potenciómetro, que representa la diferencia entre la posi­ción de ambos motores, pasa a otro amplificador ajustable y de ahí al otro motor de posición, regulando así al timón.

Según la dirección de la corriente de salida, el instrumento se dirigirá hacia el cuadrante que recibe una luz más intensa o se alejará de él. En cualquiera de los dos casos, tiende a equi­librarse automáticamente. Existe, pues, una retroalimentación que depende de la fuente luminosa, yendo de ésta a la célula fotoeléctrica y de ahí al sistema de pilotaje mediante el cual se regula el movimiento y se cambia el ángulo de incidencia de la luz.

Esta retroalimentación tiende al mismo propósito que el de un tropismo negativo o positivo. Es análoga a la retroalimentación voluntaria, pues en el hombre podemos considerar que un acto volitivo es una elección entre varios tropismos. Cuando se la sobrecarga, aumentando la amplificación, el carrito, o sea la «polilla» o la «chinche», según la dirección de su tropismo, acudirá a la luz o se alejará de ella en oscilaciones cuya ampli­tud aumenta. Ese es un fenómeno muy parecido al tremor in­tencional asociado a una lesión del cerebelo.

El mecanismo que determina el ángulo del timón contiene otra retroalimentación que puede considerarse postural y que pasa del potenciómetro al segundo motor y de vuelta al mismo potenciómetro; su punto cero está fijado por la corriente de salida de la primera retroalimentación. Si experimenta ésta una sobrecarga, el timón pasa por otra clase de tremor que aparece cuando no hay luz, es decir, cuando no se proporciona un pro­pósito a la máquina. Teóricamente, esto se debe a que, en lo que respecta al segundo mecanismo, la acción del primero es contraria a su propia retroalimentación, pues tiende a disminuir su volumen. En el hombre eso equivale a lo que hemos desig­nado enfermedad de Parkinson.

Hace poco tiempo, recibí una carta del doctor Grey Walter del Instituto Neurológico Burden de Bristol, Inglaterra, en la que expresa su interés por la «polilla» y la «chinche» y me habla de un mecanismo suyo análogo que difiere del mío en tener un propósito definido pero variable. Textualmente dice: «Hemos incluido otras características además de la retroalimen­tación negativa, y esas características proporcionan a la máquina una actitud exploratoria y otra ética frente al universo, además de una puramente trópica.» En el capítulo de este libro acerca del aprendizaje se discutió la posibilidad de ese cambio en la forma de conducta que tiene un interés fundamental para la má­quina de Walter; por el momento, no sé qué medios utiliza para conseguir ese tipo de comportamiento.

La «polilla» y la máquina trópica perfeccionada del doctor Walter parecen ser a primera vista simples manifestaciones de habilidad técnica o, a lo más, comentarios mecánicos a un texto filosófico. Sin embargo, tienen cierta utilidad definida. El Cuerpo Médico del ejército de los Estados Unidos ha tomado foto­grafías de la «polilla» para compararlas con las de casos reales de tremor nervioso y ayudar así a los neurólogos militares.

Existe una segunda clase de máquinas de las que nos hemos ocupado también y que tienen un valor clínico más directo y de importancia inmediata. Pueden utilizarse para compensar pérdidas de un mutilado o deficiencias sensoriales, así como para proporcionar nuevas habilidades potencialmente peligro­sas a los que ya son poderosos. La contribución de esas máqui­nas puede extenderse a producir mejores miembros artificiales o instrumentos que permitan a un ciego leer las páginas de un libro ordinario, transformando las formas visuales en auditivas, así como procurarle medios similares de advertir la aproxima­ción de un peligro y, por tanto, una mayor libertad de movi­mientos. En particular, podremos utilizarlas para ayudar a los que son completamente sordos. Las de esta clase son probable­mente las más fáciles de construir, en parte, por ser la técnica telefónica la mejor estudiada y la más familiar de las comuni­cativas; en parte, por ser la carencia del sentido auditivo en gran medida, la privación de compartir libremente la conversa­ción; y en parte, porque la información útil que contiene el habla puede concentrarse en un ámbito tan estrecho que no sobrepase la capacidad del sentido del tacto.

Hace algún tiempo, el profesor Wiesner me dijo que se interesaba por la posibilidad de construir un aparato para los totalmente sordos y que deseaba conocer mis puntos de vista sobre el tema. Se los di y resultó que los dos coincidíamos en gran parte. Conocíamos las investigaciones efectuadas en los la­boratorios de la Bell Telephone Company y su relación con otras anteriores sobre el Vocoder. Sabíamos que el Vocoder daba una medida mejor que la de cualquier otro método anterior de la cantidad de información que era necesario trasmitir para que el lenguaje fuera inteligible. Sin embargo, ambos creíamos que el habla visible tiene dos desventajas: no parece fácil de producir con un aparato portátil y plantea severas demandas al sentido de la vista, relativamente más importante para el sordo que para los demás. Considerando el asunto sólo en primera aproximación, resultó que era posible transferir al sentido del tacto el principio utilizado en el instrumento del lenguaje vi­sible, por lo que decidimos que esa sería la base de nuestro instrumento.

Muy poco después de iniciar nuestros trabajos, encontramos que los laboratorios Bell habían considerado también la posi­bilidad de utilizar las sensaciones táctiles y así lo habían indi­cado en sus pedidos de patentes. Tuvieron la bondad de adver­tirnos que no habían efectuado experimentos sobre el tema y que nos concedían entera libertad para proseguir nuestras pro­pias investigaciones. Confiamos el proyecto y la creación del aparato al señor Leon Levine, que había obtenido su título en el Laboratorio de Electrónica. Previmos además que el pro­blema del adiestramiento sería una gran parte del trabajo ne­cesario para asegurar que nuestro dispositivo tuviese realmente aplicación; en esta parte, aprovechamos los consejos del doctor Alexander Bavelas, de nuestro Departamento de Psicología.

El problema de interpretar el habla mediante algún sentido distinto del oído, como el del tacto, desde el punto de vista del lenguaje, puede tener la siguiente interpretación. Como ya lo hemos dicho, podemos distinguir grosso modo tres etapas del habla y dos traducciones intermedias entre el mundo exterior y el sujeto que recibe la información. La primera consiste en los símbolos acústicos que se reciben como vibraciones del aíre; la segunda, o sea la fonética, consiste en los diversos fenómenos que ocurren en el oído interno y las partes asociadas del siste­ma nervioso; la tercera, o sea la semántica, representa la trans­ferencia de esos símbolos a una experiencia de significado.

En el caso de la persona sorda, existen todavía la primera y la tercera etapa, pero falta la segunda. Sin embargo, es perfec­tamente posible imaginarse que podamos reemplazarla dando un rodeo, evitándola, pasando, por ejemplo, por el sentido del tacto. En este caso, se efectúa la traducción entre la primera etapa y la segunda, no mediante algún mecanismo psicofísico nervioso del que disponemos desde el nacimiento, sino por obra de un sistema artificial, construido por el hombre. No es acce­sible a nuestra inspección el paso de la nueva etapa secundaria a la tercera, pero equivale a la formación de un nuevo sistema de hábitos tales como los que desarrollamos al aprender a ma­nejar un vehículo. En el estado actual de nuestro aparato, está resuelto el paso de la primera a la segunda etapa, aunque han de superarse todavía algunas dificultades técnicas. Estudiamos ahora el proceso del aprendizaje, es decir, el paso de la segunda a la tercera etapa; en nuestra opinión, los resultados son suma­mente prometedores; el mejor del que podemos enorgullecemos hasta ahora consiste en un vocabulario de doce palabras; al efectuar una serie de ochenta repeticiones al azar, el sujeto co­metió sólo seis errores.

En nuestras investigaciones, debemos recordar siempre cier­tos hechos. El primero de ellos, como ya lo hemos dicho, es que el oído no sólo es un sentido de comunicación, sino un sentido de comunicación cuya utilidad principal consiste en es­tablecer una relación con otros individuos. Además, corresponde a ciertas actividades comunicativas de nuestra parte: el habla. Son importantes sus otros usos, como la recepción de los soni­dos naturales y la apreciación de la música, pero no son tan importantes como para tener por sorda a una persona incapaz de oírlos, si pudiese mantener una comunicación hablada. En otras palabras, el oído tiene la propiedad siguiente: si estuvié­semos privados de todas sus ventajas, excepto la de mantener relación con nuestros semejantes mediante el lenguaje, sufriría­mos sólo una deficiencia mínima.

En lo que respecta a la prótesis sensorial, debemos conside­rar todo el proceso del habla como unidad. Se observa inmedia­tamente cuán esencial es esto al considerar el lenguaje de los sordomudos. En estas personas no es imposible ni excesivamen­te difícil educarlas para que lean el movimiento de los labios de tal modo que alcancen una capacidad tolerable para recibir los mensajes de otros. En cambio, con muy pocas excepciones, el resultado de la mejor y más moderna enseñanza de esta clase conduce a que la gran mayoría de los sordomudos, aunque aprendan a utilizar los labios y la boca para producir sonidos, tienen una entonación dura y grotesca que representa una ma­nera sumamente inefectiva de enviar un mensaje.

La dificultad consiste en que, para esas personas, la conver­sación se ha roto en dos partes distintas. Podemos producir fácilmente una situación análoga en individuos normales si les proporcionamos un sistema telefónico de comunicaciones en el cual su voz se trasmite a sus propios oídos. Es muy fácil cons­truir esos sistemas de audífono muerto; las compañías telefóni­cas han considerado su utilización, pero los han rechazado por el terrible sentimiento de impotencia que causan, especialmente la imposibilidad de saber qué parte de la propia voz pasa a la línea. Las personas que los utilizan están siempre obligadas a gritar a voz en cuello para poder estar seguros de que su men­saje ha llegado al conductor.

Volvamos al lenguaje corriente. Vemos que en la persona normal el habla y la audición nunca han sido dos fenómenos distintos; aprender a hablar está condicionado por el hecho de oírse a sí mismo. Para el resultado óptimo no basta que el indi­viduo se oiga hablar en ocasiones distanciadas y que mientras tanto llene las lagunas mediante la memoria. La buena calidad fonética se obtiene sólo cuando el sujeto está sometido a la observación continua y a la autocrítica. Cualquier ayuda que desee prestarse a la persona totalmente sorda debe aprovechar ese hecho y, aunque puede recurrirse a otro sentido como el del tacto, en lugar del auditivo inexistente, debe ser parecida a los actuales aparatos eléctricos para sordos en que sea portátil y pueda ser usada de modo continuo.

El resto de la filosofía de la prótesis auditiva depende de la cantidad de información que se utiliza efectivamente al escu­char. La estimación más grosera de esta cantidad equivale a evaluar el máximo que puede comunicarse sobre una banda de sonido de 10.000 ciclos y una amplitud de unos 80 decibels. Sin embargo, esta carga de comunicación, aunque indica el máximo de lo que probablemente puede hacer el oído, es de­masiado grande para representar la información efectiva proporcionada por el habla en la práctica. En primer lugar, el lenguaje, al hablar por teléfono, supone la trasmisión de 3.000 ciclos a lo sumo, y la amplitud no es ciertamente mayor que de 5 a 10 decibles, pero aun así, aunque no exageramos lo que se trasmite al oído, pecamos groseramente por exceso en cuanto a lo que utilizan el oído y el cerebro para reconstruir el lenguaje inteligible.

Ya hemos dicho que las mejores investigaciones efectuadas sobre este problema de estimación son las del Vocoder de los laboratorios de la compañía Bell. Puede utilizarse este método para demostrar que, si se divide el lenguaje humano en cinco bandas a lo más, si se rectifican estas bandas de tal modo que sólo se perciban sus formas exteriores y si se utilizan después para modular sonidos enteramente arbitrarios dentro de su am­plitud de frecuencia, el conjunto de estos sonidos es reconocido como lenguaje y hasta casi cabe reconocerlo como el lenguaje de un individuo determinado. Sin embargo, la cantidad de infor­mación posible trasmitida, utilizada o no, ha sido reducida a un décimo o un centésimo de la original que existía en po­tencia.

Cuando distinguimos entre la información utilizada y la des­perdiciada, establecemos una diferencia entre la capacidad de codificación del habla percibida por el oído y la capacidad que penetra a través de la red en cascada de etapas sucesivas que forman el oído y el cerebro. La primera interesa a la trasmisión del habla a través del aire y mediante instrumentos interme­dios, como el teléfono, todo ello seguido por el oído mismo, pero no por cualquier aparato que exista en el cerebro para entender el lenguaje. La segunda se refiere al poder de trasmi­sión de todo el complejo: aire - teléfono - oído - cerebro. Na­turalmente, puede haber finas inflexiones de la voz que no pasen a través de la estrecha banda del sistema de trasmisión de que hablamos; es difícil estimar la cantidad de información perdida como conducida por esas variaciones de tono, pero parece ser relativamente pequeña. Esta es la idea en la que se basa el Vocoder. Las primitivas tentativas de estimación, hechas por ingenieros, eran defectuosas, pues pasaban por alto el elemento final de la cadena desde el aire hasta el cerebro.

Si acudimos a los otros sentidos de un sordo, comprendemos que, prescindiendo de la vista, todos son inferiores a ella y tras­miten menos información por unidad de tiempo. La única ma­nera mediante la cual podemos conseguir que un sentido infe­rior como el del tacto funcione con máxima eficacia consiste en enviar a través de él, no toda la información que obtenemos auditivamente, sino una parte seleccionada de lo que podría es­cucharse que fuera bastante para hacer inteligible el lenguaje. En otras palabras, reemplazamos parte de la función que normal­mente está a cargo de la corteza cerebral después de la recep­ción del sonido, filtrando nuestra información antes que pase por los receptores táctiles. Transferimos, pues, parte de la fun­ción de la corteza cerebral a otra artificial y externa. En el aparato que estamos discutiendo, hacemos eso separando las bandas de frecuencia del habla como en el Vocoder y trasmi­tiendo luego estas distintas bandas rectificadas a regiones tác­tiles separadas espaciadamente, después de haberlas utilizado para modular vibraciones de frecuencias fácilmente perceptibles por la piel. Por ejemplo: pueden enviarse cinco bandas respectiva­mente a cada uno de los dedos de una mano.

Eso nos proporciona las ideas principales del aparato necesa­rio para la recepción del lenguaje inteligible mediante vibracio­nes sonoras transformadas eléctricamente en sensaciones táctiles. Hemos avanzado ya lo suficiente para saber que los caracteres de un considerable número de palabras se distinguen suficien­temente entre sí y son lo bastante parecidos en un número de personas diversas para que sean reconocidos sin un intenso en­trenamiento previo. A partir de aquí las investigaciones deben concentrarse en métodos más completos de educación de los sordomudos para que aprendan a reconocer los sonidos. En la parte técnica existen problemas considerables que se refieren a la posibilidad de crear un aparato portátil y a la reducción de su gasto de energía, sin pérdida sustancial de su capacidad informativa. Estas cuestiones están todavía sub judice. No deseo dar falsas o prematuras esperanzas a los afligidos por esa inca­pacidad o a sus amigos, pero creo poder decir que las perspec­tivas de éxito distan muchísimo de ser nulas.

Desde la publicación de la primera edición de este libro otros investigadores han desarrollado nuevos dispositivos espe­ciales para dilucidar algunos puntos de la teoría de las comuni­caciones. Ya he mencionado en un capítulo anterior los homeóstatos del doctor Ashby y las máquinas algo análogas del doctor Grey Walter. Permítaseme mencionar aquí algunas ante­riores de este último investigador, algo parecidas a mi «polilla» y mi «chinche», pero que fueron construidas para un propósito distinto. Cada elemento de estas máquinas posee una luz que puede estimular los demás. Si se pone en funcionamiento cierto número de ellos al mismo tiempo, aparecen agrupamientos y reacciones mutuas que un experto en psicología animal inter­pretaría sociológicamente, si ocurriera en entes de carne y hueso en vez de bronce y acero. Es la iniciación de una nueva ciencia del comportamiento mecánico, aunque sea algo que pertenece enteramente al futuro.

En el Instituto de Tecnología de Massachusetts, ciertas cir­cunstancias han dificultado la prosecución del trabajo sobre el guante auditivo, aunque todavía existe la posibilidad de su des­arrollo. Mientras tanto la teoría, ya que no los detalles del dis­positivo, ha conducido a algunos perfeccionamientos de apara­tos que permiten a los ciegos orientarse por un laberinto de calles y edificios. Esas investigaciones se deben en gran parte al doctor Clifford M. Witcher, ciego de nacimiento, que es una notable autoridad y un técnico en óptica, ingeniería eléctrica y las otras ciencias necesarias para esos trabajos.

Un dispositivo de prótesis que promete mucho pero que no ha experimentado ningún desarrollo real ni ninguna crítica de­finitiva es un pulmón artificial en el que la activación del me­canismo respiratorio depende de señales, eléctricas o mecánicas, de los músculos pertinentes debilitados, pero no enteramente destruidos, del propio paciente. En este caso, la retroalimenta­ción en la. médula y el cerebro de la persona sana se utilizarán incluso en el paralítico para regular su respiración. Así se es­pera que el llamado pulmón de acero deje de ser una prisión en la cual el paciente olvida cómo respirar; será un ejercicio que mantendrá en actividad sus facultades residuales de respi­ración, siendo posible que se reconstruyan así hasta tal punto que pueda respirar por sí mismo y escapar a la maquinaria en la que se le encierra.

Hasta el momento, hemos discutido la construcción de apa­ratos que, en lo que respecta al gran público, parecen compartir el distanciamiento característico de la ciencia teórica por las necesidades humanas inmediatas o que son beneficiosos para las personas con defectos físicos. Llegamos ahora a otra clase que posee algunas posibilidades sumamente siniestras. Es bastante curioso que entre ellas se encuentre la máquina de jugar al ajedrez.

Hace algún tiempo, sugerí un modo de utilizar una de las modernas máquinas de calcular para jugar una partida de aje­drez bastante pasable. En estas investigaciones, sigo un sendero que tiene una larga historia. Poe estudió una fraudulenta má­quina de jugar al ajedrez debida a Maelzel y desinfló el globo demostrando que funcionaba merced a un ser humano sin pier­nas que se metía dentro de ella. La máquina que me imagino es genuina y aprovecha algunos recientes progresos de las de calcular. Es fácil construir una que juegue pobremente, de acuer­do con las reglas. Es una tarea sin esperanza construir una que lo haga perfectamente, pues requeriría demasiadas combinacio­nes. El profesor Johann von Neumann, del Instituto de Estudios Superiores de Princeton, ha comentado esta dificultad. Sin em­bargo, no es fácil ni imposible construir una que jugará lo mejor posible para un número limitado de jugadas, digamos dos, y que dejará el tablero en la posición más favorable de acuerdo con algún método más o menos fácil de evaluación.

Las actuales máquinas ultrarrápidas de calcular pueden ac­tuar como jugadoras de ajedrez, aunque podría producirse una mejor, a un precio exorbitante, si decidiéramos construirla exclu­sivamente para ese fin. Su velocidad es suficiente para evaluar toda posibilidad, teniendo en cuenta las dos próximas jugadas, durante el tiempo legal de una sola. El número de combina­ciones aumenta aproximadamente en progresión geométrica. Así, pues, la diferencia entre el cálculo de todas las posibili­dades después de dos jugadas y el mismo número después de tres es enorme. No hay posibilidad de jugar una partida, algo así como 50 jugadas, en un tiempo razonable. Sin embargo, sería posible para seres lo bastante longevos, como lo ha de­mostrado von Neumann; un juego perfectamente conducido por ambas partes conduciría a una partida siempre ganada por las blancas o siempre por las negras o, más probablemente, siempre a un empate.

El señor Claude Shannon, de los laboratorios Bell, ha suge­rido una máquina de acuerdo a las mismas ideas de la de dos jugadas propuesta por mí. Su evaluación de la posición final después de dos movimientos tendría en cuenta el dominio del tablero, la protección mutua de las piezas, su número, el jaque y el jaque mate. Si después de dos jugadas, el juego fuera ines­table por la existencia de un jaque o de una pieza importante en una posición que puede tomarse, el jugador mecánico haría una o dos jugadas más hasta que el juego fuera estable. No sé cuánto alargaría esto la partida por encima del límite legal, aunque tampoco estoy seguro de que podamos ir muy lejos en esta dirección, sin meternos en dificultades con el tiempo a las velocidades presentes.

Coincido con Shannon en que una máquina de esa clase jugaría ajedrez como un aficionado muy bueno y hasta posible­mente como un maestro. Su juego sería rígido y carecería de mucho interés, pero sería mucho más seguro que el de cual­quier ajedrecista humano. Como lo hace notar Shannon, es posible introducir en ella un elemento de arbitrariedad en sus operaciones, para evitar su constante derrota, de manera pura­mente sistemática, por una rígida secuencia dada de jugadas. Puede introducirse esa arbitrariedad en la evaluación de la po­sición final después de dos jugadas.

La máquina jugaría gambitos y probablemente terminaría las partidas como un jugador humano, utilizando el conjunto conocido de gambitos y terminaciones. Otra más perfecta guar­daría en una cinta todas las partidas que ha jugado y comple­mentaría los métodos que ya hemos indicado mediante una investigación de todas las anteriores, para encontrar algo ade­cuado, es decir, mediante el aprendizaje. Aunque hemos expues­to la posibilidad de construir máquinas capaces de aprender, es muy imperfecta todavía la técnica de proyectarlas y utilizarlas. No ha llegado aún la hora de construir una máquina de jugar al ajedrez de acuerdo a ese principio, pero probablemente no está muy lejos.

Una máquina de esa clase capaz de aprender podrá tener una actividad sumamente variada, de acuerdo a la calidad de los jugadores contra los que se la haya empleado. La mejor manera de obtener una máquina maestra consistirá probable­mente en enfrentarla a una amplia variedad de buenos ajedre­cistas. Por otra parte, una máquina bien proyectada podrá arrui­narse más o menos por la elección poco juiciosa de sus oposito­res. También se echa a perder un buen caballo, si se permite que lo maltraten los malos jinetes.

En este tipo de máquinas, conviene distinguir lo que puede y lo que no puede aprender. Es posible construir una que posea una preferencia estadística por ciertas formas de conducta, sin que ello excluya otras; también es factible determinar de ante­mano ciertos rasgos de conducta de manera rígida e inalterable. Llamaremos a la primera clase de determinación preferencia y a la segunda constricción. Por ejemplo: si no se introducen desde el principio en la máquina las reglas del ajedrez como constricciones y si se proporciona a la máquina la capacidad de aprender, puede convertirse sin previo aviso en otra que ejecute una tarea totalmente distinta. En cambio, aquella en la que se han introducido como constricciones las reglas de juego, puede seguir siendo capaz de aprender en lo que respecta a h táctica y los planes de acción.

El lector podrá preguntarse la razón de que nos interesemos por esa clase de máquinas. ¿Son algo más que otro caso de vanidad inútil y sin importancia, con el que los especialistas buscan mostrar su preciosismo a un mundo que, según ellos esperan, abrirá la boca y se asombrará de sus éxitos? Como hombre honrado, no puedo negar que existe un poco de osten­toso narcisismo, por lo menos en mí. Sin embargo, como el lector verá muy pronto, no es el único elemento motor, ni tampoco el más importante para el profano.

El señor Shannon ha publicado algunas razones para demos­trar que esas investigaciones tienen mayor importancia que la de una simple curiosidad, interesante sólo para los jugadores. Entre otras posibilidades, sugiere que esa máquina puede ser la primera etapa para construir otra capaz de evaluar una situa­ción militar y determinar la mejor jugada en un momento es­pecificado. No piense el lector que hablo ligeramente. El gran libro de von Neumann y Morgenstern sobre la Teoría de los juegos ha hecho una gran impresión en el mundo y la menor no ha sido sobre Washington. Cuando el señor Shannon habla del desarrollo de tácticas militares, no dice tonterías, sino que discute una contingencia inminente y peligrosa.

En un periódico parisiense bien conocido: Le Monde, del 28 de diciembre de 1948, un fraile dominico, el padre Dubarle, publicó una aguda crítica de mi libro: Cibernética. Citaré una sugestión suya que expone algunas de las terribles consecuen­cias de la máquina de jugar al ajedrez, cuando esté completa­mente desarrollada y se la meta en una armadura:

Una de las más fascinadoras perspectivas que se abren es la de la dirección racional de los asuntos humanos, en particular, de los que interesan a las comunidades y parecen presentar una cierta regulari­dad estadística, tal como el desarrollo de la opinión pública. ¿No es posible imaginarse una máquina capaz de coleccionan este o aquel tipo de información, como, por ejemplo, la información sobre la pro­ducción y el mercado, determinando después, como función de la psi­cología media del ser humano y de las cantidades que es posible medir en un caso dado, el futuro probable de una situación determinada? ¿No es posible imaginarse un aparato estatal que comprenda todos los sistemas de decisiones políticas, sea bajo un régimen de numero­sos estados esparcidos por toda la tierra o bajo el aparentemente mu­cho más simple de un solo gobierno humano de este planeta? Por el momento nada nos impide imaginarlo. Podemos soñar acerca de una época, en la que la machine á gouverner pueda suplantar, para bien o para mal, la ineficacia actualmente evidente del cerebro, cuando éste se ocupa de la acostumbrada maquinaria política.

En todo caso, la realidad humana no admite una determinación tajante y segura como ocurre con los datos numéricos. Sólo admite el cálculo de su valor probable. Una máquina que trate esos fenómenos y los problemas que plantean, debe emprender esa tarea con un pen­samiento probabilístico más que determinista, como aparece, por ejem­plo, en las modernas máquinas de calcular. Esto conduce a que su tarea sea más complicada, pero no imposible. La máquina de predic­ción que determina la eficacia del fuego antiaéreo es un ejemplo de ello. Teóricamente, la predicción temporal no es imposible, así como tampoco lo es la determinación de la decisión más favorable, por lo menos dentro de ciertos límites. La posibilidad de máquinas que jue­gan, por ejemplo, al ajedrez, parece demostrarlo. Pues los fenómenos humanos que forman el objeto del gobierno pueden ser comparados a juegos en el sentido que von Neumann ha tratado matemáticamente. Aunque estos juegos tienen un conjunto incompleto de reglas, hay otros cuyo número de jugadores es muy grande y de datos extrema­damente complejos. Las machines a gouverner definirán al Estado como el jugador mejor informado en cualquier situación y el único coordinador supremo de todas las decisiones parciales. Son privilegios enormes; si se adquieren científicamente, permitirán al Estado derro­tar en cualquier circunstancia a todo jugador humano distinto de sí mismo, ofreciéndole el siguiente dilema: ruina inmediata o coopera­ción planeada. Eso será la consecuencia del juego mismo, sin ninguna violencia exterior. Los amantes del mejor de los mundos tienen algo para soñar.

A pesar de todo esto y quizás afortunadamente, la machine a gou­verner no estará a nuestra disposición en un futuro cercano. Pues ade­más de los muy serios problemas que plantean todavía el volumen de información y la rapidez de su elaboración, la cuestión de la estabi­lidad de la predicción está más allá de lo que podemos soñar. Pues los fenómenos humanos son asimilables a juegos con reglas incom­pletamente definidas y que además son funciones del tiempo. Su va­riación depende tanto del detalle efectivo de la situación producida por el juego mismo como del sistema de reacciones psicológicas de los jugadores frente a los resultados obtenidos en cada instante.

Pueden ser aun más rápidas. Un excelente ejemplo parece ser el de la encuesta Gallup sobre la elección de 1948. Todo esto no sólo tien­de a complicar el grado de los factores que influyen en la predicción, sino que probablemente hacen radicalmente estéril la manipulación mecánica de situaciones humanas. Por lo que se puede juzgar, sólo dos condiciones aseguran la estabilidad en el sentido matemático de la voz. Por una parte, una ignorancia suficiente de gran parte de los jugadores, explotada por uno experimentado que además pueda esta­blecer un método para paralizar la conciencia de las masas; por otra parte, la buena voluntad suficiente para permitir a cada cual, en pro de la estabilidad del juego, remitir sus decisiones a uno o unos pocos jugadores que posean privilegios arbitrarios. Esta es una dura lección de seca matemática, aunque arroja cierta luz sobre la aventura de nuestro siglo: la duda entre una turbulencia indefinida de los nego­cios humanos y la aparición de un prodigioso Leviatán en compara­ción con el cual el de Hobbes era sólo una ligera broma. Actualmente corremos el riesgo de un gran Estado Mundial, en el que la injusticia primitiva, deliberada y consciente, sea la única condición posible de la felicidad estadística de las masas, algo peor que el infierno para toda inteligencia clara. Tal vez no fuera una mala idea que los crea­dores actuales de la cibernética asociasen a su grupo, compuesto de hombres que provienen de todos los horizontes a la ciencia, a algunos antropólogos serios y tal vez algún filósofo que tenga curiosidad por los asuntos mundiales.

La machine d gouverner del padre Dubarle no nos asusta, pues no hay ningún peligro de que adquiera el gobierno autó­nomo sobre la humanidad. Es demasiado grosera e imperfecta para tener la milésima parte de la conducta teleológica e inde­pendiente del ser humano. El peligro real, sin embargo, con­siste en que esas máquinas, aunque incapaces por sí mismas, puedan ser utilizadas por un ser humano, o por un grupo de ellos, para aumentar su predominio sobre el resto de la especie o en que los conductores intenten manejar la población, no mediante las mismas máquinas, sino utilizando técnicas políti­cas tan estrechas y tan indiferentes a las posibilidades espirituales como si hubieran sido concebidas mecánicamente. La gran de­bilidad de la máquina, que nos ha salvado hasta ahora de su dominación, es que aún hoy no puede tener en cuenta la vasta amplitud de posibilidades que caracteriza cualquier situación humana. El predominio de la máquina presupone una sociedad que se encuentre en las últimas etapas de entropía creciente y en la que son nulas las diferencias estadísticas entre los indivi­duos. Afortunadamente todavía no hemos llegado a esa etapa.

Pero aun sin la máquina estatal del padre Dubarle, se des­arrollan actualmente nuevos conceptos de guerra, o de conflictos económicos y de propaganda basados en la teoría de los juegos de von Neumann, que es ella misma una teoría de la comuni­cación, como lo han demostrado ya los hechos desde 1950. He afirmado en un capítulo anterior que esa teoría contribuye a la del lenguaje; ya existen oficinas gubernamentales dedicadas a aplicarla a propósitos militares o casi militares tanto de agresión como de defensa.

En lo esencial, la teoría de los juegos se basa en una disposi­ción de jugadores o coaliciones de ellos, cada uno de los cuales desarrolla una estrategia para alcanzar sus propósitos, suponien­do que sus antagonistas, lo mismo que él, mantienen el pro­ceder más conveniente con vistas a la victoria. Ya se juega la gran partida mecánicamente y en colosal escala. Aunque la filo­sofía en que se basa no es probablemente aceptable para nues­tros actuales antagonistas, los comunistas, hay fuertes indicios para creer que sus posibilidades se estudian ya tanto en Rusia como en los Estados Unidos y que la primera potencia, no con­tenta con aceptar la teoría tal como nosotros la presentamos, la ha refinado probablemente en algunos aspectos importantes. En particular, gran parte del trabajo, aunque no todo, que hemos efectuado en la teoría de los juegos se basa en la hipótesis según la cual tanto nosotros como nuestros antagonistas tenemos capa­cidades ilimitadas y que las únicas restricciones impuestas al juego dependen de lo que podemos llamar las cartas que saca­mos del mazo o la posición en el tablero. Hay muchas razones para pensar, más por los hechos que por las palabras, que Rusia ha completado esa actitud, considerando las limitaciones psico­lógicas de los jugadores y especialmente su inclinación a la fa­tiga, como parte del mismo juego. En lo esencial, existe ya, pues, una especie de machine d gouverner en ambos bandos del conflicto mundial, aunque no es un aparato que establece una política, sino una técnica, mecanicista que se adapta a las exi­gencias de un grupo-máquina de hombres dedicados a pro­yectar una línea de conducta internacional.

El padre Dubarle ha llamado la atención de los hombres de ciencia acerca de la creciente mecanización militar y política del mundo como un grandioso aparato súper humano que funciona según principios cibernéticos. Para evitar los múltiples peligros que ello encierra, tiene mucha razón en insistir sobre la nece­sidad de antropólogos y filósofos. En otras palabras, como hom­bres de ciencia, debemos saber lo que es la naturaleza humana y cuáles son sus propósitos innatos, aunque debamos utilizar esos conocimientos como militares o como hombres de Estado. Y tenemos que saber también para qué deseamos dominar al hombre.

Cuando digo que el peligro de la máquina para la sociedad no proviene de la primera sino de lo que el hombre hace de ella no hago más que insistir en la advertencia de Samuel Butler. En Erewhon se imaginan máquinas, incapaces de actuar de otra manera, que conquistan a la humanidad utilizando los hombres como órganos subordinados. Sin embargo, no debemos tomar demasiado seriamente la visión de Butler, pues efectivamente en su época, ni él ni ninguno de los que le rodeaban podía entender la verdadera naturaleza de la conducta de los autóma­tas; sus afirmaciones son incisivas figuras de dicción más que observaciones científicas.

Nuestros periódicos se han hinchado la boca con el Know­how, el «saber cómo», de los Estados Unidos desde que tuvimos la desgracia de descubrir la bomba atómica. Existe una cualidad más importante que ésa y no podemos acusar a los Estados Unidos de poseer una cantidad excesiva de ella. Se trata del «saber qué», mediante el cual determinamos no sólo cómo lo­grar nuestros propósitos, sino además cuáles han de ser. Puedo aclarar la diferencia entre los dos casos mediante un ejemplo. Hace algunos años un distinguido ingeniero de los Estados Unidos compró una costosa pianola. Después de una semana o dos, era evidente que la compra no correspondía a ningún inte­rés particular en la música que producía el aparato, sino a una enorme preocupación por el mecanismo. Para ese señor, la pia­nola no era un medio de oír música, sipo un modo de proporcionar a un inventor la oportunidad de mostrar su habilidad para vencer ciertas dificultades de la reproducción musical. Es una actitud estimable en un estudiante de segundo año de ba­chillerato. Dejo al juicio del lector determinar cuán estimable es eso en una de las personas de las que depende todo el futuro cultural del país.

En los mitos, en los cuentos de hadas, que leímos en la niñez, aprendimos algunas de las verdades más simples y más evi­dentes. Por ejemplo, si se encuentra un genio dentro de una botella, vale más dejarlo allí; un pescador que pida demasiadas veces las bendiciones del cielo por insistencia de su mujer, ter­minará exactamente en el mismo lugar en el que empezó. Si se conceden a uno tres deseos, ha de pensarse cuidadosamente lo que se pide. Esas verdades simples y evidentes equivalen en la vida infantil a la cosmovisión trágica que poseyeron los grie­gos y tienen todavía muchos europeos modernos y que nos falta en los Estados Unidos, país de la abundancia.

Los helenos consideraban el descubrimiento del fuego con emoción dividida. Por una parte, para ellos, como para nos­otros, es una bendición. Por otro lado, bajarlo desde el cielo a la tierra era un desafío a los dioses del Olimpo, que no podían menos de castigarlo como un insulto a sus privilegios. Vemos la grandiosa figura de Prometeo, el portador del fuego, el pro­totipo del hombre de ciencia, un héroe condenado, sujeto por cadenas a las montañas del Cáucaso, mientras los pájaros de presa picotean sus entrañas. Leemos las sonoras líneas de Es­quilo en las que él dios encadenado llama a todo el mundo bajo el sol, para que sea testigo de los tormentos que sufre a manos de los habitantes del Olimpo.

El sentido de lo trágico consiste en que el mundo no es un pequeño nido agradable, creado para nuestra protección, sino un vasto ambiente ampliamente hostil, en el que podemos rea­lizar grandes cosas, sólo desafiando a los dioses, acto que trae inevitablemente consigo su propio castigo. Es un inundo peli­groso, en el que no hay seguridad, excepto aquella algo nega­tiva de la humildad y la limitación de las ambiciones; en el que siempre existe un condigno castigo, no sólo para el que peca con consciente arrogancia, sino también para aquel cuyo único crimen es la ignorancia de los dioses y del mundo que le rodea.

Si un hombre con ese sentido trágico no se aproxima al fue­go, sino a otra manifestación de poder original, como la fisión del átomo, lo hará con miedo y temblando. No correrá allí donde los ángeles no se atreven a pisar, a no ser que esté dis­puesto a aceptar el castigo de los ángeles caídos. Tampoco traspasará calmosamente a la máquina, hecha a su imagen, la responsabilidad de la elección del bien y del mal, sin continuar aceptando la responsabilidad por tal elección.

Ya he dicho que el hombre moderno, especialmente el ciu­dadano contemporáneo de los Estados Unidos, por mucho «saber cómo» que posea, tiene muy poco «saber qué». Aceptará la des­treza superior de las decisiones hechas por la máquina sin in­quirir mucho acerca de los motivos y los principios en que se apoyan. Al obrar así, se colocará más tarde o más temprano en la posición del padre en el cuento de W. W. Jacobs: «La pata del mono». Deseó tener cien libras y se encontró en la puerta con el agente de la compañía en la que trabajaba su hijo. El agente venía a entregarle exactamente esa cantidad de dinero como consuelo por el fallecimiento del muchacho en la fábrica. O puede ocurrirle como al pescador árabe de «Las mil y una noches» que rompió el sello de Salomón de la tapa de la botella y dejó escapar al iracundo genio.

Recordemos que existen máquinas que juegan partidas del tipo de la pata del mono o del genio embotellado. Si la cons­truida para tomar decisiones no posee el poder de aprender, dará respuestas completamente literales. ¡Desdichados de nos­otros si dejamos que decida nuestra conducta, sin haber exami­nado previamente la ley según la cual actúa y habernos ase­gurado previamente de que su comportamiento se basa en prin­cipios aceptables para nosotros! Por otra parte, la máquina, como el genio, que puede aprender y tomar decisiones sobre la base de sus experiencias anteriores, no está de ninguna mañera obligada a decisiones análogas a las que hubiéramos to­mado nosotros o que nos resulten aceptables. Para la persona que no sabe esto, arrojar el problema de su responsabilidad sobre las máquinas, capaces o incapaces de aprender, es arro­jarla a los cuatro vientos y encontrar que vuelve sentada en un torbellino.

He hablado de máquinas, pero no sólo de aquellas que tie­nen cerebros de bronce y tendones de acero. Cuando se funden los átomos humanos en una organización, en la que se utilizan, no en toda su capacidad como seres humanos responsables, sino como engranajes, palancas y bielas, importa poco que la mate­ria prima sea carne y hueso. Lo que se usa como un elemento de una máquina es efectivamente parte de ella. Si confiamos nuestras decisiones a las de metal o aquellas otras humanas que son oficinas, vastos laboratorios, ejércitos y corporaciones, nun­ca obtendremos las respuestas correctas a nuestras preguntas, a menos que las planteemos correctamente. «La pata del mono» de carne y hueso es algo tan mortífero como cualquier cosa fabricada de hierro y acero. El genio que es una unificadora figura de dicción para toda una corporación es tan terrible como si fuera una enaltecida fórmula de encantamiento.

Es muy tarde y la elección entre el bien y el mal golpea a nuestra puerta.