Los capítulos anteriores de este libro se ocupan principal­mente del hombre en cuanto organismo de comunicación. En éste discutiré aquel campo en el que se encuentran el carácter comunicativo del hombre y el de la máquina, y también tra­taré de estimar la dirección en la que proseguirá el desarrollo de la última y lo que podemos esperar de sus efectos sobre nues­tra sociedad.

Ya en otra ocasión, que recuerda la historia, la máquina repercutió en la cultura humana produciendo resultados de la mayor trascendencia, que han dado en llamarse la revolución industrial, cuya importancia radica en hacer de la máquina puramente un sustitutivo del trabajo muscular humano. Para poder estudiar la crisis actual que llamaremos la segunda revo­lución industrial, será conveniente discutir la historia de la an­terior, que nos servirá de algo así como un modelo.

La primera provino del fermento intelectual del siglo xvin, en cuya época estaban ya bien desarrolladas las técnicas cientí­ficas de Newton y Huyghens, aunque las aplicaciones habían trascendido apenas de la astronomía. Todos los investigadores inteligentes habían comprendido ya que las nuevas técnicas iban a tener un profundo efecto sobre las otras ciencias. Las pri­meras actividades en las que pudo apreciarse el efecto de la era newtoniana fueron la navegación y la relojería.

La navegación es un arte muy antiguo, con una evidente debilidad que conservó hasta el primer tercio del siglo XVIII. El problema de determinar la latitud fue siempre fácil aun en la época de los griegos. Consistía simplemente en determinar la altura del polo celeste, lo que puede hacerse aproximada­mente suponiendo que la estrella polar coincide con él o, con mayor exactitud, determinando el centro de la órbita circular aparente de dicho astro. Pero el problema de las longitudes es siempre más difícil. Excepto mediante un levantamiento topo­gráfico, sólo puede resolverse comparando el tiempo local con el de un punto elegido arbitrariamente; por ejemplo, Green­wich. Para poder hacer eso es necesario llevar con nosotros la hora de esa localidad mediante un cronómetro o encontrar al­gún reloj celeste distinto del sol para sustituirlo.

Antes que los navegantes pudieran utilizar alguno de esos métodos, la técnica náutica encontraba grandes dificultades. El marino estaba acostumbrado a navegar a lo largo de la costa hasta llegar a la latitud necesaria. Entonces seguía un curso mat afuera, hacia el este o el oeste, siguiendo ese paralelo, hasta divisar otra tierra. Excepto mediante un aproximado cálculo a ciegas, no podía decir a qué distancia se encontraba, aunque tenía la mayor importancia pitra él no abordar una costa peli­grosa sin darse cuenta. Después de devisar tierra, proseguía a lo largo de ella hasta llegar a su punto de destino. Se compren­derá que, en esas circunstancias, todo viaje marítimo tenía mu­cho de aventura. Sin embargo, ese fue el método de navegación durante muchos siglos, lo que se reconoce en la ruta de Colón, de la flota de la Plata o de los galeones de Acapulco.

Los almirantazgos de algunas potencias marítimas de aquella época no encontraban satisfactorio ese procedimiento. En pri­mer lugar, los intereses ultramarinos de Francia e Inglaterra, distintos de los de España, se encontraban en latitudes altas donde las ventajas de la ruta de círculo máximo sobre la de este y oeste eran claramente evidentes. En segundo lugar, exis­tía entre ambas potencias una aguda competencia por la hege­monía marítima; las ventajas de mejores procedimientos náuti­cos eran muy serias. No sorprende por ello que ambos gobiernos ofrecieran amplias recompensas al que encontrara un método exacto de determinar longitudes.

La historia de esos concursos es complicada y poco edificante. Se privó a más de un hábil concursante de su triunfo y se le llevó a la bancarrota. Finalmente, en ambos países se conce­dieron los respectivos premios a dos métodos enteramente dis­tintos. Uno fue la construcción de un exacto cronómetro náu­tico, es decir, un reloj lo suficientemente bien construido como para poder indicar la hora con un error de pocos segundos durante viajes en los que estaba sometido a los violentos y continuos movimientos del barco. El segundo consistió erigía elaboración de nuevas tablas del movimiento de la luna, que permitían al navegante utilizar nuestro satélite como reloj con el que se pudiera verificar el movimiento aparente del sol. Am­bos métodos se aplicaron en la navegación hasta los recientes progresos de la radio y el radar.

Según esto, la vanguardia de los artesanos, durante la revo­lución industrial, se componía, por una parte, de relojeros que utilizaban la nueva matemática newtoniana para construir sus péndulos y sus ruedas equilibradas y, por otra parte, de los fa­bricantes de instrumentos ópticos, con sus sextantes y telesco­pios. Ambas profesiones tenían mucho de común. En ellas era necesaria la construcción de exactos círculos y rectas, graduados en medidas angulares y lineales. Sus herramientas eran el torno y la máquina de dividir. Por el trabajo delicado que exigen, es­tos útiles son los antepasados de nuestras actuales máquinas herramientas.

Es interesante observar que toda herramienta tiene una ge­nealogía, pues desciende de aquellas otras mediante las cuales se la construyó. Los tornos de relojero del siglo XVIII pasan por una clara cadena histórica de máquinas intermedias hasta los grandes tornos actuales de torre. Pudo haber sido algo más corto el paso de unos a otros, pero necesariamente debió tener una longitud mínima. Evidentemente es imposible, al construir un gran torno de torre, fiarse de las manos del hombre para verter el metal fundido, colocar las piezas vaciadas en los instrumentos que han de trabajarlas y, ante todo, desarrollar la potencia necesaria en este trabajo. Todos esos dispositivos han sido producidos mediante máquinas, elaboradas a su vez por otras; sólo pasando de vuelta por numerosas etapas se llega finalmente a los tornos originales a mano o a pedal del si­glo XVIII.

Por ello es enteramente natural que los que habían de des­arrollar las nuevas invenciones fueran relojeros o fabricantes de instrumentos científicos o acudieran a alguna persona de cualquiera de esas dos profesiones para que los ayudaran. Por ejemplo, Watt producía aparatos de laboratorio. Para mostrar cómo hombres de la clase de Watt habían de conformarse an­tes de extender la precisión de la relojería a otras técnicas, basta recordar, como ya lo he dicho, que consideraba exacto un pistón dentro de su cilindro, cuando era casi imposible intro­ducir y mover entre ambos una fina moneda de seis peniques.

Debemos considerar la navegación y los instrumentos nece­sarios para ella como el foco de una revolución industrial, pre­cursora de la otra a la que se ha dado el mismo nombre y que se inicia con la máquina de vapor. Su primer modelo fue el de Newcomen, grosera y que gastaba mucho. A mediados del si­glo xviil se hicieron varias tentativas abortadas de utilizarla para generar energía, usándola para elevar agua hasta recipien­tes a una cierta altura; al caer desde allí el líquido movía una rueda hidráulica. Esos dispositivos complicados perdieron su in­terés al introducirse la máquina perfeccionada de Watt, que desde un principio se empleó para bombear agua, así como para producir energía. A fines del siglo XVIII, la máquina de vapor estaba firmemente establecida en la industria y no estaba muy lejos la realización de la promesa de las embarcaciones a vapor en los ríos y la tracción terrestre por el mismo sistema.

El primer lugar en el que la potencia del vapor se empleó en un fin práctico fue en el bombeo del agua de las minas, una de las formas más brutales del trabajo humano o animal. En el mejor de los casos, llevaban a cabo esa labor máquinas sumamente primitivas, movidas por caballos. En el peor, ese trabajo, como en las minas de plata de Nueva España, estaba a cargo de esclavos. Es esa una tarea que nunca acaba y que no puede interrumpirse jamás, so pena de tener que cerrar la mina para siempre. Ciertamente puede considerarse un gran progreso humanitario que la máquina de vapor reemplazase esa servi­dumbre.

Sin embargo, los esclavos no sólo agotan el agua de las mi­nas; también arrastran las barcazas río arriba. El segundo triun­fo importante de la máquina de vapor fue su aplicación a los barcos, en particular a los que navegan por los ríos. En los mares, durante muchos años, fue sólo un auxiliar de dudoso valor del velamen, que conducía toda embarcación de alta mar; pero el transporte a vapor por el Mississippi abrió el interior de los Estados Unidos. Así como su modelo fluvial, la locomotora empezó por transportar cargas pesadas, tarea que le arrebatan ahora otros medios de transporte.

El próximo lugar donde se hizo sentir la revolución indus­trial, quizás algo más tarde que en el laboreo de las minas y simultáneamente con la evolución en los transportes, fue la in­dustria textil, que ya entonces estaba enferma. Aun antes de la introducción de los husillos y telares a motor, la condición de los hilanderos y tejedores dejaba mucho que desear. La cantidad que podían producir era mucho menor que la demanda de aque­lla época. Podría parecer imposible en esas condiciones que la introducción de la máquina hubiera empeorado sus condiciones de vida, pero así fue.

Los principios de la maquinaria textil se remontan a una época anterior a la producción de energía mediante el vapor. Desde el tiempo de la reina Isabel existía ya la máquina de ha­cer medias, movida a mano. Se hizo necesario la introducción del hilado a máquina para alimentar los telares manuales. Has­ta principios del siglo XIX no se realizó la mecanización com­pleta de la industria, abarcando tanto el hilado como el tejido. Las primeras máquinas textiles se movían a mano aunque muy pronto se utilizó la fuerza hidráulica o el vapor. Parte del ím­petu que hizo avanzar la máquina de Watt comparada con la de Newcomen consistió en el deseo de suministrar energía en forma rotatoria, necesaria para las industrias textiles.

Las fábricas de tejidos suministraron el modelo de casi todo el proceso de mecanización de la industria. En lo social, se inició la transferencia del obrero de su casa a la fábrica y del campo a la ciudad. Existió una explotación del trabajo de niños y de mujeres, en una magnitud de la que difícilmente podemos darnos hoy una idea, si olvidamos las minas de diamantes de África del Sur e ignoramos la nueva industrialización de la China y de la India, así como las condiciones del trabajo agrí­cola en casi todos los países del mundo. Gran parte de ello se debió a que las nuevas técnicas produjeron nuevas responsabi­lidades, cuando todavía no se había redactado un código que las considerara. Una fase, sin embargo, tuvo mayor significado técnico que moral. Me refiero a que gran parte de las desas­trosas consecuencias de las primeras etapas de la revolución industrial no se debieron tanto a la moral obtusa o a la gran iniquidad de los interesados, sino a ciertos rasgos técnicos inhe­rentes a los sistemas primitivos de industrialización y que han sido borrados en mayor o menor medida por la historia del desarrollo técnico. Esas fuerzas que determinaron la dirección tomada por la primitiva revolución industrial radicaban en la misma naturaleza de los primeros modelos de las máquinas a vapor y de su método de trasmisión de energía. Según las nor­mas modernas, esas máquinas utilizaban el carbón de manera sumamente ineficaz; aunque esto no es tan importante como pudiera parecer, pues las modernas de mejor rendimiento no les hacían la competencia. Sin embargo, en sí mismas eran mu­cho más económicas en gran escala que en pequeña. Compa­rada con el motor, la maquinaria textil, sea husillo o telar, es relativamente poco pesada y gasta muy poca energía. En con­secuencia era económicamente necesario reunir estas máquinas en una gran fábrica, donde una máquina de vapor podía mover fácilmente muchas de ellas.

En aquella época, los únicos medios de trasmisión de energía de que se disponía eran mecánicos. El primero entre ellos era el eje, al que acompañaban la correa y la polea. Aun durante mi infancia, el aspecto típico de un taller era el de una gran red de ejes suspendidos en las vigas del techo, y poleas y correas que los unían a cada una de las máquinas. Todavía existe ese tipo de taller, aunque en la mayoría de los casos ha desparecido, dejando el lugar a aquel en el que los motores eléctricos mue­ven individualmente cada una de las máquinas.

Este segundo tipo es característico de nuestra época. La pro­fesión del mecánico ha tomado una forma enteramente nueva. Aquí aparece un hecho importante para la historia de las in­venciones. Fueron esos mecánicos y otros nuevos artesanos de la edad de la máquina los que desarrollaron las invenciones en las que se basa nuestro sistema de patentes. La conexión me­cánica de las máquinas implica dificultades sumamente serias y que no son fáciles de expresar mediante alguna formulación matemática. En primer lugar, los ejes largos deben estar bien alineados o emplear ingeniosos métodos de conexión como jun­tas universales o en paralelo, que permiten un cierto grado de libertad. En segundo lugar, gastan mucha energía los cojinetes de tales ejes. En cada una de las máquinas, las partes sometidas a un movimiento de giro o de vaivén plantean cuestiones similares respecto a la rigidez y al número de cojinetes, núme­ro que debe reducirse tanto como sea posible, para disminuir el consumo de energía y simplificar la fabricación. No pueden cumplirse esas prescripciones basándose en fórmulas generales, lo que proporciona una excelente oportunidad para la ingenio­sidad y la capacidad inventiva de la misma clase que la de los antiguos artesanos.

El cambio de las conexiones mecánicas a las eléctricas ha tenido un gran efecto, cuya importancia se ve a la luz de los hechos anteriormente expuestos. El motor eléctrico es un mé­todo de distribución de la energía que puede construirse cómo­damente en pequeñas dimensiones, por lo que cada máquina puede tener uno propio. Las pérdidas por trasmisión en la red de la fábrica son relativamente pequeñas. La conexión del mo­tor a la red no es necesariamente rígida ni se compone de numerosas partes. Todavía existen razones de tráfico y de conve­niencia que pueden inducirnos a continuar con la costumbre de colocar todas las máquinas de un proceso industrial en una misma fábrica, pero la necesidad de conectarlas todas a un mo­tor único ya no es una razón seria en favor de la proximidad geográfica. En otras palabras, podemos volver ahora a la indus­tria doméstica, en aquellos casos en que hubiera otras razones para que ello resultara conveniente.

No deseo insistir en que las dificultades de la trasmisión me­cánica fueron la única causa de los sórdidos talleres y de la desmoralización que produjeron. El sistema fabril se inició an­tes de la aplicación de la máquina, como un método de discipli­nar la industria doméstica altamente anárquica del trabajador individual y de mantener los niveles de producción. Cierto es, sin embargo, que esas fábricas no mecánicas pronto fueron suplantadas por otras que lo eran y que probablemente los peo­res efectos sociales del amontonamiento urbano y de la despo­blación rural ocurrieron por las últimas, por las mecanizadas. Además, si el motor cuya potencia se expresa en fracciones de caballo hubiera existido desde el principio y hubiera podido aumentar la producción del trabajo doméstico, es sumamente probable que gran parte de la organización y de la disciplina necesarias para la producción en masa hubiera podido intro­ducirse en las industrias caseras como el hilado y el tejido.

Si se desea, una sola máquina puede contener varios motores, cada uno de los cuales aporta energía de movimiento donde sea necesario. Eso facilita la labor del delineante, pues para el diseño mecánico no exige tanta ingeniosidad entonces como en el otro caso. En el diseño de la parte eléctrica, el mero proble­ma de la conexión de las partes rara vez plantea dificultades que no se presten a una formulación matemática y una solución fácil. El experto en cinemática ha sido sustituido por el calcu­lista de circuitos. Esto es un ejemplo de cómo el arte de la invención está condicionado por los medios de que se dispone.

En el tercer cuarto del siglo XIX, cuando empezó a utilizarse el motor eléctrico en la industria, se creyó que no era sino una posibilidad más de trabajar de acuerdo a las técnicas ya exis­tentes. Probablemente no se previo que su efecto final condu­ciría a un tipo distinto de fábrica.

El otro gran descubrimiento eléctrico, el tubo de vacío, tiene una historia similar. Antes de que se inventara, los sistemas de gran potencia se regulaban mediante mecanismos numerosos y la mayoría de ellos gastaban una parte apreciable de energía. Se contaban algunas excepciones, pero sólo en actividades es­peciales, como los timones de los barcos.

Todavía en 1915, crucé el Atlántico en los viejos barcos de la American Line. Pertenecían al período de transición, cuando todavía llevaban velas, así como una proa puntiaguda para el bauprés. En un puente, no lejos del castillo, se encontraba una formidable máquina compuesta de cuatro o cinco ruedas de 1,8 metros de diámetro con manivelas. Estaba destinada a mover el timón, si el servomotor dejara de funcionar. En una tormenta, se hubieran necesitado diez o más hombres, con toda su fuerza, para mantener aquel gran barco en su ruta.

Ese no era el método usual de gobernar el barco, sino un sustitutivo en caso de emergencia o, como lo llaman los mari­neros, un «timón múltiple». Normalmente, el barco posee un servomotor que trasmite los esfuerzos relativamente pequeños del timonel al pesado timón. Así, pues, aun sobre una base puramente mecánica, se habían obtenido algunos progresos en lo que respecta a la amplificación de fuerzas o momentos. Sin embargo, en aquella época, esa solución del problema de am­plificarlas no abarcaba toda la gama de diferencias entre en­trada y salida, ni constituía tampoco un tipo cómodo y universal de aparatos.

El aparato más flexible y universal para amplificar energías de poca intensidad es el tubo de vacío o válvula electrónica. Su historia es interesante, aunque bastante compleja para expo­nerla aquí. Sin embargo, divierte recordar que esta invención se debe al mayor descubrimiento científico de Edison y tal vez el único del cual no sacó provecho.

Observó que cuando se coloca un electrodo dentro de una lámpara eléctrica, positivo con respecto al filamento de la mis­ma, pasa una corriente, si se calienta el filamento y no de otra manera. A través de una serie de invenciones de otros inves­tigadores, ello condujo a un método más efectivo que los cono­cidos anteriormente para regular una corriente de gran intensi­dad mediante un pequeño voltaje. Esa es la base de la industria moderna de las radiocomunicaciones, además de ser una herra­mienta industrial que día a día conquista nuevos campos. Ya no es necesario regular un proceso a niveles altos de energía mediante un mecanismo en el que los detalles importantes de la regulación se efectúen a esos mismos niveles. Es enteramente posible establecer una cierta forma de conducta, de reacción, para niveles de energía mucho más bajos que los de los apara­tos comunes de radio, utilizando después una serie de tubos de amplificación para gobernar una maquinaria tan pesada como un tren de laminación. El trabajo de discriminación y de for­mación de la conducta se efectúa en condiciones tales que las pérdidas de energía son insignificantes, aunque, en su etapa final, este proceso discriminatorio funcione a niveles arbitraria­mente altos de energía.

Se ve, pues, que esta es una invención capaz de cambiar las condiciones en las que se basa la industria de una manera tan radical, como lo hizo la trasmisión y subdivisión de la energía mediante el pequeño motor eléctrico. Se transfiere el estudio de la forma de conducta a una parte especial del instrumento, en la cual el consumo de energía carece de importancia. Así se resta gran parte de su trascendencia a los embragues y dis­positivos utilizados previamente para obtener una conexión me­cánica con el número mínimo de elementos, así como a los dispositivos cuya misión consiste en reducir a un mínimo las pérdidas producidas por piezas en movimiento y por la fricción. El proyecto de máquinas que contienen tales partes ha pasado del dominio del mecánico hábil al del investigador de labora­torio, en el que se encuentran disponibles todos los recursos de la teoría de los circuitos para reemplazar la ingeniosidad me­cánica de la antigua escuela. La invención en el sentido anterior ha sido sustituida por el uso inteligente de ciertas leyes de la naturaleza. El paso de éstas a su aplicación se ha reducido a la centésima parte.

He dicho anteriormente que, cuando se inventa algo, pasa mucho tiempo antes de comprender todas sus consecuencias. Transcurrieron años antes que la gente se diera cuenta de toda la importancia del avión en las relaciones internacionales y en las condiciones en las que se desarrolla la vida humana. Aún está por estimar el efecto de la energía atómica sobre la huma­nidad y el futuro, aunque muchos de los que han considerado el asunto creen que es una nueva arma análoga a las anteriores.

El caso del tubo de vacío fue similar. Al principio, se le con­sideró simplemente como un método más que aumentaba el número de las técnicas ya existentes de comunicación telefónica. Los ingenieros electricistas desconocieron al principio de tal manera su verdadera importancia que durante años quedó rele­gado a ser un dispositivo de una parte especial de las redes de comunicación. Estaba unido a otros que se componían exclusi­vamente de los elementos del circuito que tradicionalmente se llaman inactivos: resistencias, capacidades e inductancias. Sólo desde la guerra los ingenieros se han considerado en libertad de colocarlos donde sean necesarios, de la misma manera como antes incluían elementos pasivos de las tres clases mencionadas.

El tubo de vacío fue empleado por primera vez para reem­plazar las partes anteriormente existentes en los circuitos tele­fónicos de larga distancia y en telegrafía sin hilos. Sin embargo, no pasó mucho tiempo sin que se comprendiera que la radio­telefonía había llegado al mismo grado de desarrollo de la radiotelegrafía, y esto hizo posible la radiodifusión. Que ese gran triunfo de la inventiva haya pasado en gran parte a los «episodios» y a los cancionistas chirles, no puede impedir que reconozcamos la obra excelente que se hizo al llevarlo a cabo y sus grandes posibilidades para la cultura, pervertidas en la exhibición nacional de algún curalotodo.

Aunque el tubo de vacío inició la etapa de su aplicación en la industria de las comunicaciones, durante mucho tiempo no se reconocieron ni los límites ni la extensión de esa industria. Hubo utilizaciones aisladas del tubo de vacío, junto con su hermana, la célula fotoeléctrica, para observar los productos in­dustriales, como por ejemplo, para regular el espesor del papel que sale de la máquina o para examinar el color de una lata de conserva de ananá o piña americana. Esas aplicaciones no for­maban una nueva técnica razonada, ni se asociaban en el cere­bro del ingeniero con las otras funciones del mismo dispositivo en las comunicaciones.

Todo esto cambió durante la guerra. Una de las pocas ven­tajas del gran conflicto fue el rápido desarrollo de las invencio­nes, estimuladas por la necesidad y la carencia de limitaciones en el empleo del dinero y, ante todo, por las jóvenes genera­ciones admitidas a la investigación. Al principio del conflicto, la tarea principal de los Estados Unidos consistió en evitar que Inglaterra quedara fuera de combate por un ataque aéreo en masa. Según eso, el cañón antiaéreo fue uno de los primeros objetivos norteamericanos, especialmente la combinación de esa arma de fuego con algún método de descubrir el aparato ene­migo, tal como el radar, o sea, ondas hertzianas de alta fre­cuencia. Esa técnica utilizaba los mismos procedimientos que la radio, además de conducir a la invención de otros propios. Era, pues, natural considerar el radar como una parte de la teo­ría de las comunicaciones.

Además de encontrar los aeroplanos mediante el radar era necesario bajarlos a cañonazos, lo que lleva al problema de la regulación del fuego. La velocidad del avión conduce a la ne­cesidad de computar a máquina los elementos de su trayectoria concediendo a los aparatos de cálculo funciones comunicativas que anteriormente estaban a cargo de los servidores de la pieza. Así el problema de la regulación del fuego familiarizó a una nueva generación de ingenieros con el concepto de una comuni­cación enviada a una máquina y no a una ¡persona. En el capí­tulo sobre lenguaje, mencionamos ya otro campo en el cual ese concepto es familiar, desde hace mucho tiempo, a un grupo limitado de ingenieros; la central hidroeléctrica automática, Durante el período que precedió inmediatamente a la se­gunda guerra mundial, se encontraron otras aplicaciones para la conexión directa entre un tubo de vacío y una máquina, en vez del primero con un ser humano. Entre ellas aparecieron aplicaciones generales a las máquinas de calcular. La idea de estos dispositivos de grandes dimensiones, como la ha desarro­llado Vannevar Bush entre otros, fue en su origen completa­mente mecánica. La integración se efectuaba mediante discos que giraban sobre una superficie y unidos entre sí por fricción. El intercambio de entradas y salidas era tarea de un tren clásico de ejes y engranajes.

La idea inicial de estas primeras máquinas de calcular es mucho más antigua que las investigaciones de Vannevar Bush. En algunos puntos, se remonta a los trabajos de Babbage a principios del siglo XIX. Ese inventor tenía una idea asombrosa­mente moderna de una máquina de esa clase, pero los medios mecánicos de que disponía estaban muy por debajo de sus am­biciones. La primera dificultad con que se encontró y que no pudo vencer fue que un largo tren de engranajes requiere una energía considerable, por lo que el impulso y la energía de salida pronto son demasiado débiles para poner en movimiento la parte restante del aparato. Bush obvió esa dificultad de ma­nera muy ingeniosa. Además de los amplificadores eléctricos que se basan en los tubos de vacío o dispositivos similares, hay ciertos amplificadores mecánicos de fuerzas que son conocidos por todos los que están familiarizados con los barcos y la des­carga de mercancías. El estibador levanta las cargas sujetando la cuerda de que cuelgan al tambor de una pequeña máquina auxiliar o cabria. De esa manera la tensión que ejerce mecá­nicamente está aumentada por un factor que crece rápidamente con el ángulo de contacto entre la cuerda y el tambor. Así un hombre puede regular el ascenso y el descenso de un peso de muchas toneladas.

Este dispositivo es fundamentalmente un amplificador de fuerza o de momento. Mediante una construcción ingeniosa, Bush colocó esos amplificadores mecánicos entre las etapas de su máquina de calcular, siendo así capaz de llevar a cabo efecti­vamente lo que sólo había sido un sueño para Babbage.

En la primera época de las investigaciones de Bush, antes que existieran en las fábricas los reguladores automáticos de alta velocidad, me había interesado por la solución de una ecua­ción diferencial parcial. Los trabajos de Bush se referían a ecuaciones diferenciales ordinarias en las que la variable inde­pendiente era el tiempo; reproducía en su período el curso del fenómeno que analizaba, aunque tal vez a un ritmo diferente. En la ecuación diferencial parcial, las variables que reemplazan al tiempo se extienden en el espacio; sugerí a Bush que, en vista de la técnica de exploración de la televisión, que se des­arrollaba por aquel entonces velozmente, deberíamos considerar ese mismo método para representar las muchas variables de, digamos, el espacio frente a la única variable del tiempo. Una máquina de calcular de ese tipo tendría que trabajar a muy altas velocidades, lo que en mi opinión excluía completamente los métodos mecánicos y nos conducía otra vez a los electrónicos. Además, en un aparato de esa clase, los datos tendrían que es­cribirse, leerse y borrarse a una velocidad compatible con la de las otras operaciones; debería incluir, además de un mecanismo aritmético, otro lógico y ser capaz de resolver los problemas de programación sobre una base puramente lógica y automá­tica. El concepto de programación en las fábricas se ha con­vertido en algo familiar después de las investigaciones de Taylor y los Gilbreth sobre tiempos, y estaba ya listo para ser trans­ferido a las máquinas. Ofrecía considerables dificultades de de­talle, pero ninguna insuperable en principio. Por ello, en 1940, yo estaba convencido de que se había levantado ya sobre el horizonte la fábrica automática y así se lo informé a Vannevar Bush. El desarrollo posterior de la automatización, tanto el an­terior como el posterior a la primera edición de este libro, me han convencido de que mi idea era correcta y de que será uno de los factores de mayor importancia para la formación de la vida técnica social de las edades futuras, el rasgo fundamental de la segunda revolución industrial.

En una de sus etapas primitivas, el analizador diferencial de Bush efectuaba todas las funciones principales de amplificación. Utilizaba la electricidad sólo para proporcionar energía a los motores que hacían funcionar toda la instalación. Esa etapa de las máquinas de calcular era intermedia y transitoria. Muy pron­to resultó evidente que los amplificadores de carácter eléctrico, unidos entre sí mediante alambres y no por ejes, eran más ba­ratos y más flexibles que los amplificadores y las conexiones de carácter mecánico. De acuerdo con esto, las últimas formas de la máquina de Bush utilizan dispositivos de tubos de vacío. Eso ocurre con todos sus sucesores, sean los que ha dado en llamarse ahora computadores analógicos o los que funcionan primordialmente midiendo cantidades físicas, o máquinas digi­tales, cuyo método de trabajo se basa en contar y en las opera­ciones aritméticas.

El desarrollo de este tipo de máquinas de calcular ha sido muy rápido después de la guerra. En una amplia gama de cues­tiones de cálculo numérico, han demostrado ser más rápidas y merecer más confianza que el calculista humano. Su velocidad ha llegado a ser tal que está fuera de la cuestión cualquier in­tervención en una etapa intermedia. Plantean, pues, la misma necesidad de reemplazar la actividad del hombre por la de la máquina que apareció en el cañón antiaéreo. Sus partes deben hablar las unas a las otras en un lenguaje apropiado, sin mani­festar nada a alguna persona o recibir órdenes de otra, excepto en la etapa inicial y final del procedimiento. Aquí tenemos otra vez un elemento que ha contribuido a que se acepte general­mente la extensión del concepto de comunicaciones a las má­quinas.

En estas conversaciones entre las partes, conviene conocer lo que la máquina ha dicho antes. Aquí aparece otra vez el principio de la retroalimentación que ya hemos discutido y que es más antiguo que el mecanismo de gobierno del timón y efec­tivamente por lo menos de tan vieja data como el regulador de la máquina de vapor de Watt, mecanismo que impide su actividad en vacío, cuando se suprime la carga. Si se produce eso, las bolas del regulador suben llevadas por la fuerza cen­trífuga y, al ascender, mueven una compuerta que cierra par­cialmente la entrada de vapor. Así la tendencia a aumentar la velocidad produce otra parcial compensadora hacia la disminu­ción de la misma. Clerk Maxwell, en 1868, sometió a un rigu­roso análisis matemático este método de regulación.

Aquí la retroalimentación se utiliza para corregir la veloci­dad de una máquina. El servomotor del timón de un navío regula la posición del timón. El timonel opera un ligero sis­tema de trasmisión a cadenas o hidráulico, que produce un mo­vimiento en una pieza del mecanismo del servomotor. Hay un dispositivo particular que observa la distancia entre esta pieza y la caña del timón, regulando esa distancia la admisión de vapor, en el caso de un servomotor que con vapor trabaje, o el paso de una corriente, si se trata de uno eléctrico. Cualquiera que sea la conexión particular, ese cambio de la admisión se efectúa siempre en una dirección que haga coincidir la caña del timón y la pieza movida desde la rueda. Así un hombre solo puede hacer con facilidad lo que costaba mucho trabajo a todo un grupo de marineros en el antiguo gobernalle múl­tiple.

Hasta ahora, nuestros ejemplos de retroalimentación han sido primordialmente de naturaleza mecánica. Sin embargo, puede efectuarse una serie de operaciones de la misma estructura me­diante métodos eléctricos o usando tubos electrónicos. Este pro­mete ser en el futuro el método normal de construcción de aparatos de regulación.

Hace ya mucho tiempo que existe la tendencia a automa­tizar máquinas y fábricas. Excepto para algún propósito espe­cial, ya no se producen tornillos mediante el torno corriente, en el cual un mecánico debe vigilar el progreso de la herramienta de corte, regulando el avance a mano. El moderno torno auto­mático los produce en gran cantidad, sin ninguna intervención seria del obrero. Aunque esa máquina no utiliza especialmente la retroalimentación o el tubo de vacío, cumple un fin análogo. Lo que la retroalimentación y el tubo de vacío hacen posible, no es una construcción aislada de mecanismos automáticos indi­viduales, sino métodos generales para elaborar mecanismos au­tomáticos de muy diversos tipos. A ello ha contribuido nuestro tratamiento nuevo de las comunicaciones, que reconoce amplia­mente las posibilidades de mensajes entre máquina y máquina. Ese conjunto de circunstancias conduce a la nueva era del auto­matismo.

El estado actual de las técnicas industriales incluye la tota­lidad de los resultados de la primera revolución junto con mu­chas invenciones que ahora consideramos precursoras de la se­gunda. Es demasiado temprano para decir cuál es la frontera entre las dos revoluciones. De acuerdo con su significado poten­cial, el tubo de vacío pertenece verdaderamente a una trans­formación industrial distinta de la edad de la energía; sin em­bargo, sólo ahora comprendemos suficientemente el verdadero sentido de la invención del tubo de vacío como para atribuir nuestra época a una nueva y segunda revolución industrial.

Hasta ahora, hemos hablado del real estado de cosas. No hemos considerado más que una pequeña parte de los múlti­ples aspectos de la primera revolución industrial. No hemos mencionado el avión, ni los bulldozers y las demás máquinas de construcción, ni el automóvil, ni siquiera un décimo de esos factores que han convertido la vida moderna en algo comple­tamente distinto de la de cualquier otro período. Sin embargo, puede asegurarse que, excepto un considerable número de ejem­plos aislados, la revolución industrial hasta ahora ha desplazado al hombre y a las bestias como fuentes de energía, sin producir grandes consecuencias en otras funciones humanas. Lo más que puede hacer hoy un trabajador de pico y pala para ganarse la vida es actuar como una especie de alisador detrás de un bull­dozer. En todo sentido importante el hombre que no tiene nada más para vender que su propia fuerza física, no ofrece nada que valga el dinero de alguien.

Procedamos ahora a imaginarnos una edad aun más automá­tica. Consideremos por ejemplo lo que podrá ser la fábrica de automóviles del futuro en particular la línea de montaje, la parte de este tipo de empresas donde se emplea el mayor nú­mero de obreros. En primer lugar, la secuencia de las operacio­nes estará regulada por algo parecido a una moderna máquina calculadora de alta velocidad. Tanto en este libro, como en otros lugares, he dicho a menudo que la máquina de calcular mo­derna es primordialmente un mecanismo lógico que compara diferentes proposiciones entre sí y deduce algunas de sus con­secuencias. Es posible convertir toda la matemática en la eje­cución de una secuencia de tareas puramente lógicas. Si la má­quina incorpora esos principios, será una calculadora corriente. Pero además de efectuar esos trabajos matemáticos, será capaz de resolver la labor lógica de distribuir una serie de órdenes que se refieren a operaciones matemáticas. En consecuencia, las calculadoras actuales deben contener por lo menos una parte muy amplia que debe ser puramente lógica.

Hablando también de acuerdo con la práctica actual, diré que se imparten las instrucciones a esas máquinas mediante el tecleado. Las órdenes dadas llegarán a ella por un tecleado que puede estar completamente predeterminado. También es posi­ble que las contingencias reales que aparezcan durante el funcionamiento suministren la base de una regulación ulterior que casará a un nuevo tecleado elaborado por la misma máquina o a una modificación del primitivo. Ya he explicado mi creencia en el parentesco de este fenómeno con el aprendizaje.

Podría pensarse que el costo enorme de las actuales máquinas de calcular excluye su aplicación en la industria y además que la delicadeza del trabajo necesario para construirlas y la gran variabilidad de sus funciones impide la utilización de los mé­todos de producción en masa para su fabricación. Ninguna de esas objeciones es correcta. En primer lugar, las enormes má­quinas de calcular utilizadas actualmente para las investigacio­nes de la matemática superior cuestan unos cientos de miles de dólares. Ni siquiera este precio, que no es típico, sería prohibi­tivo para el mecanismo de regulación de una fábrica verdadera­mente grande. En lo técnico, se desarrollan tan rápidamente las máquinas de calcular que efectivamente cada una es un modelo único. En otras palabras, una gran parte del precio exorbi­tante se ha invertido en investigaciones, en nuevas piezas, que producen obreros altamente calificados en circunstancias suma­mente costosas. En consecuencia, si se establece un modelo y un precio uniforme y se las utiliza por decenas, es dudoso que su precio pase de las decenas de miles de dólares. Una máquina similar de menos capacidad, inadecuada para los más difíciles problemas de cálculo, pero enteramente capaz de regular el proceso de fabricación en una fábrica, no podría costar más de unos pocos miles de dólares si se produjera en masa, aunque fuera en pequeña escala.

Consideremos ahora el problema de la producción en gran­des cantidades de estas máquinas. Si la única posibilidad de una serie consistiera en fabricarlas completas, es evidente que, por muchos años, lo único que podremos esperar es. una producción moderada. Sin embargo, en todas ellas la mayor parte de las piezas se repite un considerable número de veces. Eso es cierto si se considera la parte de la memoria, de la lógica o de la arit­mética. Así, la fabricación de sólo unas pocas decenas de máqui­nas representa una producción potencial en masa de esas partes, a lo que acompañan las mismas ventajas económicas.

Podrá creer todavía el lector que la delicadeza de las máqui­nas debe conducir a que cada labor exija un nuevo tipo. Tam­bién esto es erróneo. Dada una cierta similitud del tipo de ope­raciones matemáticas y lógicas que deben efectuar las partes correspondientes de la máquina, la actividad completa de ésta queda fijada por el tecleado o, en todo caso, por el tecleado primitivo. Esta actividad es una labor altamente especializada para profesionales sumamente especializados; pero, en gran par­te, o enteramente, es una actividad de una vez para siempre y que sólo necesita repetirse parcialmente cuando se desea modi­ficarla para una nueva estructuración industrial. Así el salario de ese técnico especializado se repartirá por una enorme pro­ducción, no siendo por ello un factor de importancia en la uti­lización de estos aparatos.

La máquina de calcular representa el centro de la fábrica automática, pero nunca será toda ella. Por una parte, recibe detalladas instrucciones de sus órganos sensoriales; elementos tales como células fotoeléctricas, condensadores que miden el espesor de una hoja de papel, termómetros, medidores de la concentración de iones de hidrógeno y todo el conjunto de apa­ratos que construyen actualmente los fabricantes de instrumen­tos para la vigilancia manual de los procesos industriales. Todos ellos se construyen ya de tal modo que puedan trasmitir eléc­tricamente a distancia sus lecturas. Lo único necesario para que su información pase a una máquina de calcular automática de alta velocidad es un aparato de lectura que traduzca la posición o la escala en una sucesión de dígitos. Ya existen aparatos de esa clase y no ofrecen muchas dificultades, ni por su principio, ni por su construcción. El problema de los órganos sensoriales no es nuevo y está ya efectivamente resuelto.

Además, el sistema de regulación ha de tener efectores o sea componentes que actúan sobre el mundo exterior. Algunos de ellos son cosas ya familiares como los motores eléctricos que abren o cierran una válvula, los embragues eléctricos, etc. Otros habrán de inventarse para imitar de modo más real la actividad de la mano, cuando es ayudada por la vista. Es enteramente posible, al producir el chasis de un automóvil, dejar puntos de referencia que consistirán en pequeñas superficies pulidas. La herramienta, una perforadora, una remachadora o cualquier otra que se desee, puede llegar aproximadamente a ellos guiada por un mecanismo fotoeléctrico sobre el que actúan manchas de pintura. La colocación final pondrá la herramienta sobre las superficies de referencia estableciendo un contacto firme, pero no destructivo. Esto es sólo un modo de hacerlo. Cualquier inge­niero competente puede imaginar una docena más.

Naturalmente, se supone que los instrumentos que actúan como órganos sensoriales, no sólo registran el estado original del trabajo, sino además el resultado de todos los procesos an­teriores. Así la máquina podrá llevar a cabo operaciones de retroalimentación, sean aquellas de tipo muy sencillo perfecta­mente inteligibles actualmente, o aquellas otras que implican procesos más complicados de discriminación, verificados por el organismo central de regulación como un sistema lógico o ma­temático. En otras palabras, todo ello corresponderá a un ani­mal completo con órganos sensoriales efectores y propioceptores y no, como en la máquina de calcular ultrarrápida, a un cerebro aislado que depende de nuestra intervención para sus vivencias y para su actividad efectiva.

La velocidad con la que se introducirán probablemente esos nuevos dispositivos en las industrias dependerá muchísimo del carácter de cada una de ellas. Las máquinas automáticas, que pueden ser distintas de las descritas aquí, pero que aproximada­mente desempeñan las mismas tareas, se usan extensamente desde hace tiempo en las fábricas que utilizan procesos con­tinuos como las de conservas, los trenes de laminación y espe­cialmente las de alambres y hoja de lata. Son también familiares en las de papel, pues también éstas tienen una producción con­tinua. Otro lugar en el que son indispensables es donde el tra­bajo es demasiado peligroso para que un número considerable de obreros arriesgue su vida en regularlo y en el que, en caso de peligro, será éste probablemente tan serio que sus probabi­lidades habrán sido consideradas con anterioridad y no queda­rán a merced del juicio sobreexcitado por las circunstancias de alguien que se encuentre allí. Si es posible determinar previa­mente la conducta a seguir, será factible incluirla en el tecleado, que regulará el comportamiento que convenga de acuerdo con la lectura de los instrumentos. En otras palabras, esas fábricas deberán funcionar bajo un régimen análogo al de una torre de señales de ferrocarril, cuyos cambios y señales se condicionan mutuamente. Este método se sigue ya en el «cracking» del pe­tróleo, en muchas otras fábricas químicas y al manejar los ma­teriales peligrosos que aparecen en la explotación de la energía atómica.

Ya hemos citado el caso de la línea de montaje como un lugar en el que pueden aplicarse las mismas técnicas. Allí, co­mo en la fábrica de productos químicos o la producción de pa­pel en forma continua, es necesario ejercer una vigilancia estadística sobre la calidad del resultado de esas operaciones, que depende de un método de toma de muestras. Wald y otros lo han convertido en una técnica que ha dado en llamarse análisis de secuencias; no se toman muestras en conjunto, sino mediante un procedimiento continuo, análogo al de la producción, lo que puede hacerse por una técnica reducida a reglas tan simples que es posible confiarlas a un calculista que no entienda la ló­gica que ello presupone, aunque también caen dentro de las posibilidades de la máquina de calcular. En otras palabras, ex­cepto en los niveles más altos, la máquina se encarga de las verificaciones estadísticas de rutina, así como del proceso de producción.

En general, las fábricas llevan un sistema de contabilidad que es independiente de la producción, pero, en cuanto los da­tos que aparecen en el cálculo del costo provienen de máquinas o de la línea de montaje, pueden pasar directamente a una cal­culadora. Los oficinistas aportarán otros datos de cuando en cuando, pero gran parte del trabajo de escritorio se efectuará mecánicamente, dejando sólo a los seres humanos los trabajos extraordinarios como la correspondencia. Pero una gran parte de la que viene de afuera podría recibirse en forma de fichas perforadas o traducirse a esa forma mediante personal muy po­co especializado. A partir de este momento, todo se hará a máquina. Esta mecanización puede aplicarse también a una par­te apreciable de los archivos y ficheros de la fábrica.

En otras palabras, la máquina no convierte en sus favoritos ni al trabajador manual ni al empleado de escritorio. Los posi­bles campos de aplicación de la nueva revolución industrial son muy extensos e incluyen todas las tareas de formación de juicios a un bajo nivel, casi de la misma manera como los tra­bajadores desplazados de la primera pertenecían a la clase de los que vivían de su trabajo físico. Naturalmente, hay profesio­nes en las que la nueva revolución industrial no penetrará, por­que las nuevas máquinas no son económicas en industrias de tan pequeña escala, que no puedan aguantar la considerable inversión de capital que tales máquinas traen consigo, o porque hay empresas de actividad tan variada que se necesitará un te­cleado distinto para cada trabajo. No creo que la maquinaria automática del tipo capaz de hacer un juicio llegue a utilizarse en un garaje o el establecimiento de la esquina donde se ven­den comestibles, pero creo firmemente que la utilizarán el ma­yorista y el fabricante de automóviles. También el trabajador rural, aunque la maquinaria automática empieza ya a ejercer una presión sobre él, está bastante protegido contra sus ataques, debido a la variedad de plantas de cultivo, las condiciones espe­ciales del tiempo y otras circunstancias parecidas. Aun en este caso, las grandes plantaciones dependen cada vez más de las máquinas de cosechar algodón y de las que queman las hierbas nocivas, así como el plantador de trigo desde hace mucho tiem­po está sometido a la utilización de la cosechadora Me Cormick. Donde se emplean esas máquinas, no es imposible imaginarse la aplicación de las otras capaces de establecer un juicio.

La introducción de los nuevos dispositivos y la fecha en que eso puede ocurrir es naturalmente, en muy amplia medida, una cuestión económica, en la que no me considero competente. Excepto algún violento cambio político o algún conflicto bé­lico de importancia, pasarán de diez a veinte años antes de que se desarrollen enteramente. Una guerra cambiaría todo esto de la noche a la mañana. La lucha armada con una gran potencia militar como Rusia, que plantease serios problemas a la infan­tería y en consecuencia sobre nuestros recursos en hombres, po­dría conducir a que nos fuera muy difícil mantener nuestra producción industrial. En esas circunstancias, el reemplazo de nuestra producción, basada en factores humanos, por otros mé­todos, podría convertirse en una cuestión de vida o muerte. Nos encontramos tan avanzados en el camino hacia el desarro­llo de un sistema unitario de regulación automática como está­bamos respecto al radar en 1939. Así como la situación de emergencia de Gran Bretaña en aquella época hizo necesario un ataque del problema con todos los recursos a nuestra dispo­sición y aceleró en varias décadas el desarrollo natural del tema, la urgencia de reemplazar el material humano actuará sobre nosotros de manera similar en caso de otra guerra. Los hábiles aficionados a la radio, los matemáticos y los físicos, que se convirtieron tan rápidamente en competentes ingenieros elec­tricistas para proyectar el radar, están todavía a nuestra disposi­ción para una tarea análoga en lo que respecta a la maquinaria automática. Aparece una generación nueva y hábil que ellos entrenaron.

En estas circunstancias, dos años fueron necesarios para que el radar llegara al campo de batalla, con un alto grado de efi­cacia; será probablemente menor el período de evolución de la fábrica automática. Al final de esa guerra, será común el tipo de know-how capaz de construir estas fábricas. Quedarán ade­más cantidades enormes de equipos producidos por el gobierno que se pondrán, probablemente, en venta a disposición de los industriales. Así, pues, un nuevo conflicto verá casi inevitable­mente la edad automática en completo desarrollo en menos de cinco años.

He hablado de la realidad y de la inminencia de esa nueva posibilidad. ¿Qué podemos esperar de sus consecuencias econó­micas y sociales? En primer lugar, la cesación definitiva y brusca de todo trabajo fabril que consista puramente en repetir una labor. A la larga, la naturaleza mortalmente aburrida de la repetición de tareas puede traer algo bueno y ser la fuente del tiempo libre necesario para el completo desarrollo cultural del hombre. Podrá conducir culturalmente a cosas tan triviales e inútiles como gran parte de las que hasta ahora han propor­cionado la radio y el cine.

En esas circunstancias, se inundará la industria con esas nue­vas herramientas en la medida que parezcan producir ganancias inmediatas, sin tener en cuenta el daño que puedan causar a la larga. Veremos un fenómeno paralelo a aquel en el cual se ha permitido que la utilización de la energía atómica para producir bombas afecte a la posibilidad, sumamente necesaria, de reem­plazar mediante esa energía nuestras reservas de carbón y de petróleo que se encuentran a pocos siglos, si no son décadas, de agotarse completamente. Observe el lector que las armas nucleares no hacen competencia a las compañías de producción de energía eléctrica.

Recordemos que la máquina automática, cualquiera que sea nuestra posición frente a los sentimientos que pueda tener o no, es el exacto equivalente económico del trabajo de un esclavo. Cualquier obrero que entre en competencia con la labor de los siervos debe aceptar las condiciones de estos últimos. Es evi­dente que ello producirá una situación en el mercado de tra­bajo al lado de la cual la crisis presente y hasta la depresión de la tercera década de este siglo parecerán problemas agrada­bles. Arruinará muchas industrias, probablemente hasta aque­llas que se hayan aprovechado de las nuevas posibilidades. Pero no hay nada en la tradición industrial que impida a un comer­ciante ganar rápida y seguramente y huir antes que lo agarre la catástrofe.

Así, pues, la nueva revolución industrial es un arma de dos filos. Podrá utilizarse en beneficio de la humanidad, pero sólo si ésta sobrevive tanto tiempo como para llegar a un período en el que sus ventajas sean posibles. Podrá utilizarse para des­truir a la humanidad y, si no se la usa inteligentemente, llegará muy lejos en esa dirección. Sin embargo, aparecen en el hori­zonte algunos rayos de esperanza. Desde la primera edición de este libro, he tomado parte en dos reuniones con representantes del mundo de los negocios y fue para mí una agradable expe­riencia observar en gran parte de los presentes una conciencia de los peligros sociales de nuestra técnica y de la obligación social de los dirigentes de utilizar los nuevos métodos para be­neficio del hombre, para aumentar su tiempo libre y enriquecer su vida espiritual, en vez de emplearlos sólo con vistas a la ganancia y de adorar la máquina como un nuevo becerro de bronce. Encontraremos muchos peligros en el avance, pero exis­ten las raíces de la buena voluntad y no me siento tan pesi­mista como al publicarse la primera edición de este libro.